Inicio » Relato del presente » El horno no está para bollos
Por culpa de HBO me enteré de que se cumplieron 25 años del estreno de Band of Brothers, lo que me llevó a recordar no sólo esa miniserie gloriosa, sino sus injustamente olvidadas compañeras de trilogía: The Pacific y Masters of the Air. Si bien estas dos últimas, por cuestiones cronológicas –una es de 2010 y la otra de 2024– carecen del aporte documental de los veteranos de guerra, las sentí muchísimo más sombrías.
Cada caso documentado en cada capítulo de cada miniserie de la trilogía son historias reales. Y a mí me resulta imposible no pensar en cómo reaccionan cada uno de los personajes ante las mismas situaciones hipertraumáticas o imaginar cómo habrán sido sus vidas después.
Hay cuestiones que la empatía puede abarcar y otras que la vuelven abstracta. Yo puedo imaginarme qué siente otra persona si pasé lo mismo o teorizar sobre qué podría sentir yo cuando se tratan de hechos que no me han tocado. Me cuesta sentir la empatía de la soledad del billonario porque no sé qué se siente llevar ese estilo de vida y no cuento en mi entorno cercano con personas de ese tipo. Conozco gente con una economía resuelta, con un buen pasar económico, pero no tengo idea de qué siente un billonario a la hora de entablar una relación del tipo que sea.
Pero incluso en hechos universales las perspectivas son distintas. Hay gente a la que se le muere un padre y el duelo le puede pegar por todo el daño no resuelto, mientras que otros recordarán con una sonrisa y habrá quienes nunca podrán superar una presencia positiva. Distintas o idénticas experiencias de vida, millones de formas de enfrentarlas.
Yo no puedo saber qué siente una persona que ha perdido un hijo, pero sí puedo imaginarlo y temblar de solo pensarlo porque es la peor pesadilla de quien es padre. Y de ahí bajan el resto de los miedos. Si hay algo que cambia en el mismo instante de ser padre no es no volver a dormir de corrido, olvidarse de las ocho horas de sueño y buscar en un museo cómo era una siesta. Tampoco es el despido hasta nuevo aviso a la esperanza de poder sostener una conversación entre adultos, aguardar una década para ver una película de acción o presenciar la lenta e inevitable destrucción de todo rincón del bien inmueble que se habita. Con el nacimiento de un hijo nace el miedo para toda la vida. Miedo a la muerte súbita, miedo a una enfermedad incurable, miedo a que le pase algo, miedo a que lo lastimen, miedo a que viva con miedo, miedo a su futuro, miedo a no poder darle todo lo que necesita, miedo a no poder darle todo lo que quisiéramos darle.
Ahí está el problema de la empatía. ¿Alcanza con intentar ponerse en el lugar del otro? Podemos imaginar, podemos acompañar. Pero, por definición, la empatía es la capacidad de comprender emocionalmente a otra persona, algo que se basa en reconocer que el otro es un par, otro como nosotros al que le pasan cosas similares o distintas. En ningún lado se dice que hay que hacerse carne de eso que le ocurre a la otra persona, aunque los neuróticos paranoicos pueden hacerse un festín. ¿Vieron la hipocondría? Bueno, yo soy hipocondríaco social: veo que a una persona le ocurre una desgracia y mi cabeza hace planes de cómo sobrellevar ese disgusto que no me ha tocado.
Y ahí viene mi contrariedad con la empatía. Como mi horno no está para bollos –porque no está y, como todo en la vida, eligió el peor momento para joderse– uno tiende a sentirse un poquito desbordado. Porque no es una nimiedad. Me encantaría darle a cada cosa el lugar que merece en la cadena de prioridades, pero hagamos de cuenta que no se desordenó el hogar sino que explotó una granada en la cañería y no se sabe qué atender primero porque todo es prioritario: cobramos un tercio de lo que deberíamos si actualizamos solo por inflación, no recordamos el último gusto que nos dimos, al fisco libertario más loco del mundo le parece una buena idea indexar el monotributo bimestralmente en base a la inflación y, en un pase de magia burocrática, no sólo aumentó el impuesto que nos cobran por tener el tupé de querer sobrevivir mediante el trabajo, sino que reacomodaron las categorías mientras caían los ingresos y ahora pagamos una cuota como si facturásemos el triple de lo que nos entra.
Hubo ventanas generacionales que no se repiten. No quiere decir que nunca vuelvan a pasar, pero que por lo pronto –ponele, un puñado de décadas– no pareciera que fuera a ocurrir. A veces nos cuesta dimensionar la cantidad de discos históricos que salieron en un mismo año mientras el cine nos entregaba películas que todo el mundo conoce de memoria y la tele nos brindaba fenómenos culturales. Ahora que está de moda hablar de las bondades de los créditos, los que crecimos durante esos años nos acostumbramos a nunca más ver algo que sí vimos pero no nos tocó. No sabemos qué es un hipotecario ni con qué se come. El que tiene techo propio puede que se olvide si alguna vez alquiló porque puede resultar traumático. El que nunca tuvo techo propio no lo tendrá porque las ventanas ya no existen o se abren apenitas por unos meses y para un reducido grupo de funcionarios y amigos con info privilegiada.
Como todos estamos en la misma, todos somos la variable de ajuste del vecino: aumentan las cocheras, aumentan los alquileres, aumentan los costos bancarios, aumentan los combustibles, aumentan los servicios, aumentan los alimentos, aumenta todo menos el ingreso. Y es entonces que se da una dinámica un tanto perversa: si la noticia es que se desaceleró la inflación, se vuelve difícil que otro comprenda que eso no sirve de consuelo a los últimos años en los que el bolsillo fue clausurado por demolición.
A la crisis económica se le suma una falta de previsión al futuro pero a nivel global. El que no está en crisis existencial es porque aún no ha comprendido la volatilidad de lo que hasta ayer considerábamos intangible. Porque una cosa es reclamar trabajo o políticas de empleo cuando vemos que en otros países las cosas funcionan más o menos, pero cuando se registran oleadas de despidos en todo el mundo sin importar la rentabilidad de las empresas, el problema comienza a hacerse bastante sombrío.
Hace un tiempo abordamos por estos lados el concepto de “fatiga por empatía”, eso que lleva a que no registremos la desgracia ajena porque ya estamos saturados de cortisol. Y como considero que la empatía está sobrevalorada en la discusión política, paso a los más próximos: ¿quién fue el último en preguntarte cómo estás económicamente? ¿Todos los que te rodean saben que no estás en tu mejor momento y no han dicho ni mu?
En esa mentada fatiga por empatía no ingresa el cinismo. Saber que algo malo le sucede a alguien y negarlo, no es falta de empatía temporal, no es agotamiento. Es sorprendente entrar a una red social para ver qué onda con la banda y encontrar a tanta gente putear contra entes por hablar de bajas en el consumo, caída de la actividad industrial o problemas con el empleo. Más sorprende leer o escuchar al Presidente, el hombre que ata su dogma a los datos empíricos, utilizar videos de gente que pasea por un shopping para cuestionar la “aparente” caída de la actividad o, en su última versión, citar un artículo periodístico que dice que “un 48% de los trabajadores argentinos rechazó alguna oferta laboral porque requería presencialidad” y agregar un “Ups”, como si la culpa de la falta de empleo fuera de las personas a las que no les cierra la ecuación entre costos de viáticos y salarios percibidos.
Puede resultar realmente difícil sentir empatía por estos datos de la economía cuando todos los que te rodean están con un buen pasar económico, cuando no pagás de tu bolsillo ni un café hace años, cuando el alquiler y todos los gastos y servicios de la vivienda están incluidos en tu trabajo y cuando no tenés necesidad de calcular el costo de un transporte. Pero un tipo tan racional y brillante para los números como el Presidente de la Nación tiene los números para guiarse. Ahora se encuentra con un crecimiento de la pobreza de 4,1 puntos porcentuales de un semestre a otro. Casi como si fuera una joda, la misma publicación del Instituto de Estadísticas oficial afirma que la actividad económica bajó 2,9 puntos. Para rematarla, el riesgo país salta casi 20% en un solo día. Ups. ¿Parece poco? Es una tragedia. Espero que aparezcan pronto numerosos videos del gobierno que desmientan los datos del gobierno.
Es en este punto que me enfado si alguien dice “no podés opinar si no sabés qué se siente”, porque la empatía parte del intento de ponerse en los zapatos del otro. Yo no vivo en Haití pero me alcanza con ver un documental para saber que es un horror. Sentir que es un horror es conectar, sentir pánico de imaginarnos en esa situación aunque no la vivamos. Bueno, si mañana se pusiese de moda hablar de Haití, alguien vendría a decirnos que está todo bien mientras nos muestra una playa repleta de gente.
Una vez ya planteado el tema de la empatía, vayamos un poco más a lo obvio, a lo que no tiene que ser tan analizado: ¿Qué cazzo ven cuando miran los benditos datos de la economía? Porque no es que me la dé contra la pared yo solo porque no tuve el placer de estudiar la licenciatura en Economía, sino que son los aparentes expertos los que dijeron una y otra vez que se venían los mejores momentos de nuestra historia económica o que el empleo está en su mejor momento porque se disparó el informal y el precario, que la inflación le ganó a los salarios o que “en dólares volaron”. ¿Qué hace el presidente ese mismo día en que se conoce un aumento de la pobreza y una caída de la actividad económica? Dice que si es reelecto se viene el mejor año económico de la historia. Puede que tenga razón, pero se la dejan picando en el área a cualquiera que quiera pegarle en los tobillos.
Por si fuera poco, uno quiere ponerle onda, tomarse una pastilla de optimismo tamaño alfajor de maizena, pero ve las ofertas políticas sobre la mesa y tiene que alejarse de las ventanas y de los objetos cortantes. Y es que en los distintos sectores de la oposición no se ve un debate entre Aldo Ferrer y Domingo Cavallo sobre el Mercantilismo de Estado, ni una diatriba entre Frondizi y Balbín sobre qué tanto se puede hacer en nombre del desarrollo. Ni siquiera hay una pelea entre Cafiero y Menem por cuál es la mejor forma de hacerse con el poder. No, ahí está Kicillof contra Máximo, en una pelea por quién se hace cargo de la señora. El resto del justicialismo está entre mimosear a Milei o mirar para otro lado y en el radicalismo ya ni sabemos quiénes son las caras visibles.
Nunca se anuncia un candidato a presidente antes del año electoral. Seis meses antes de ganar la presidencia, Alberto Fernández creía que pegaba la embajada en Madrid. Hasta el inicio de la veda electoral de 2023, nadie tomaba muy en serio a Javier Milei. Si nos guiamos por los termómetros sociales, en 2021 Horacio Rodríguez Larreta tenía chances de convertirse en emperador. Y si bien no es conveniente quemarse de antemano, acá no vemos siquiera una propuesta de qué harían aunque sea para marcar algo de agenda. Nadie quiere asomar mucho la nariz.
Y lo bien que hacen, porque esta crisis que atravesamos quienes vivimos en el mundo del periodismo y actividades afines, no es culpa de la falta de pauta. De esa hay y recontra en abundancia incluso desde la Nación, aunque la nieguen. Tampoco es culpa de la dispersión de los medios, ni de la inteligencia artificial, ni de que cualquier tipo con conexión a internet pueda montar su Noticiero de la Verdad Verdadera. Un factor de peso enorme, quizá el más pesado, hoy es la saturación de noticias y conversaciones sobre temas que no queremos escuchar porque los vemos, los vivimos y no sabemos qué hacer con ellos.
¿Alguna vez se cruzaron con una nota que presenta costumbres aparentemente positivas que enmascaran una realidad difícil de digerir? Son esas que encienden la indignación de quien no puede creer que alguien se anime a publicar algo así o que el noticiero le dedique media hora a las ofertas de ropa de la calle Avellaneda. Bueno, lamento informar que es una práctica correcta y casi la única forma que queda de captar la atención de consumidores que no prestan su tiempo ni mamados para que les cuenten qué tan mal están.
Muchas veces me encuentro a mí mismo en ese lugar fácil. El agobio puede llevar a pegar una puteada a alguien que solo tiene una palabra de aliento para dar. Sé que hay gente que tiene que justificar que la empatía no tiene que formar parte de las decisiones políticas. Puedo debatirlo y estoy abierto a escuchar opiniones. Lo que no me entra en la cabeza es que una medida política que afecta el presente de una persona sea ninguneada, minimizada, ridiculizada. Y no hablo de nuestros funcionarios. Ojalá fuera eso, porque ahí no hay nada para esperar. Aunque les cueste admitirlo en público porque eso atentaría contra la consigna de que “los políticos” son los otros, nada más político que cuestionar la realidad con fotos sesgadas o datos seleccionados. Tampoco es un simple acto de “no ejercer la empatía” por ser contraproducente para el correcto ejercicio del poder, algo que desmonta el delirio ese de que Maquiavelo ha pasado de moda. Cuando en lugar de ningunear la realidad se ataca a los que ni siquiera se han quejado, puede que me encuentre delante de un grupo de sociópatas o de idiotas.
Lo que todavía no logro resolver es cómo encuadrar la misma actitud de parte de nuestros círculos más cercanos.
P.D.: Que salga bien porque no tenemos de dónde agarrarnos. El pasamanos lo liquidamos para pagar expensas.
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