Mientras tanto, en un mundo paralelo...

Por lo general, los odio. Sin embargo, hay una clase de reality shows que me atrapa como si fuera droga. Es de aquellos en los que la idea es buscar una conducta tóxica y un cambio radical en la forma de comportarse del participante de ese episodio puntual. Hay varios ejemplos, pero pocos como el de Robert Irvine, un chef hipermusculado que trabajó en la Armada por años. Casi siempre hay un componente de problemas irresueltos de parte del participante que le impiden desarrollar un negocio gastronómico rentable. Como todo reality, si no hay miseria no garpa, por lo que hay que mostrar un poco de gente sufriente. Y lo atrapante, para mí, es cuando el eventual participante es confrontado con la realidad de que eso que eso que lo apasiona, de que eso que considera único es, en realidad, una cagada.

A todos nos duele confrontar ciertas realidades sobre lo que nos apasiona. Por ejemplo, que la capacidad de concentración de una persona media ha caído a un lapso de entre 30 a 40 segundos, con lo cual buena parte de los que entraron a leer ya se habrán ido después de este punto y aparte.

Ahora que quedamos usted y yo, lo que dije arriba es una realidad que se origina en la adaptación del ser humano al entorno que lo rodea: nos preservamos de la sobre intoxicación informativa, más si puede alterar aún más los ánimos.

Antes, ante un evento conmocionante, hasta un programa de chimentos se adaptaba a la cobertura, como ocurrió el 11 de septiembre de 2001. Luego llegaron los programas de todología. Hoy todos cultivan la religión Amímeparecequé. El motivo es aritméticamente estúpido: cuanto más temas abarco, sumaré a todas las audiencias. No pareciera dar resultado.

El sesgo ya está instalado y uno mira y consume lo que quiere, con lo que se siente identificado y cuanto más masticado mejor, aunque sean videos de reacciones en Youtube o hilos en Twitter transcritos de notas que nadie se calienta en ir a leer. Y al ver la cantidad de encendido, lecturas o sintonización, la competencia se reduce a ver quién acapara lo que quedó de audiencia. ¿Contenido? Erróneo o comida regurgitada para que lo entienda la tía del conductor. Y eso que la tía tiene un celular con la biblioteca de Alejandría en su mano para entender lo que desee.

Dentro de la desgracia que presenciamos estas semanas surgió algo que no ocurría desde los tiempos del lisérgico gobierno de Cristina y su manía de reescribir cualquier idea: que la izquierda corra por izquierda a los alineados con el gobierno.

Los principales referentes de la izquierda mundial han condenado a Vladimir Putin y su decisión de invadir Ucrania. No lo han hecho con un “pero”, no han realizado salvedades, no han dicho que Ucrania se lo buscó: fueron contundentes. Pusieron a Putin en el lugar de un fascista con delirios expansionistas, un autócrata enceguecido por el Poder y, fundamentalmente, un asesino de inocentes y extorsionador de países.

Por caso, resultó hilarante escuchar al niño Errejón cargar contra Vox en España al decir “Putin es de ustedes”. Cada uno ve en Putin lo que quiere, Errejón vio a un homófobo represor oligárquico. Pero es la misma calificación que le cabe a los líderes cubanos o venezolanos que tanto admira. Olvido selectivo.

En la Argentina era cuestión de tiempo para los alineamientos dentro del macromundo del progresismo. Y se dio casi en los mismos términos. Casi: la izquierda no oficialista considera que Putin es de derecha, a la izquierda oficialista le importa tres carajos porque ve en Putin un Stalin pelado. Y como muchos creen que Stalin fue el mejor momento de la izquierda global, vieron en Putin la continuación de la Unión Soviética. Todos fuimos testigos y no es una exageración: celebrar la Sputnik como un logro soviético, gracias Putin, viva el anticomunista Perón.

Y eso que la Unión Soviética es sinónimo de represión asesina en un Estado donde el programa soñado sólo cierra con la muerte de millones de conciudadanos en la era del terror, o con la muerte de millones de conciudadanos en la era del hambre. ¿Qué es lo que no ven? ¿Acaso creen que serían parte de un politburó que no existe más? ¿O no registran lo que podría pasar si dentro del mismo oficialismo se les ocurriera desafiar al líder? Nuevamente, creen que es de una forma maravillosa cuando es una cagada.

En todos los medios se publicaron columnas firmadas por personas referenciadas en el progresismo que atacaron a los que defienden a Putin o no lo condenaron. Del otro lado están quienes pasean entre la defensa y la justificación. Una posición casi unificada fue planteada por el escritor Jorge Majfud quien, desde la comodidad de residir en los Estados Unidos, quiso explicar “por qué Putin atrae a buena parte de la izquierda mundial”. No dijo a quiénes. Quizá le dio escozor mencionar al régimen de Maduro como “la izquierda”. Y el único por qué sostenido fue el de “plantarse frente a la avanzada de Estados Unidos”.

También hubo casos extremos como el de Sandra Russo, quien afirmó que “no se discute con los nazis e intolerantes”. Obviamente, ese lugar fue ocupado en su texto por el presidente de Ucrania. Algo habrá hecho. Luego de una larga defensa a Putin, aparece el paragüas: “no estoy de acuerdo con la política de género de su gobierno ni con la poca tolerancia hacia opositores”. ¿Es poca tolerancia encanarlos o asesinarlos con tecitos de polonio? ¿Cuántos derechos humanos y banderas están dispuestos a prender fuego solo porque Putin se le planta a la hegemonía norteamericana?

Dentro de los que defienden a loquitos autócratas, le tengo más pánico a los ilustrados que se definen progresistas que a los no ilustrados. Un zurdo burro es peligroso al momento de votar, o cuando el Congreso sesiona sobre un tema que no le gusta. Si sacamos ese poder de daño, son negligentes: no saben lo que defienden pudiendo saberlo. En cambio, al ilustrado, no queda otro que llamarlo sociópata. Hasta el Movimiento Socialista de los Trabajadores se manifestó en la puerta de la embajada rusa para condenar la invasión.

Si el ilustrado defiende masacres afuera, imaginen lo que puede justificar aquí. Bueno, no imaginen tanto: la culpa de la tragedia de Once fue del maquinista, Nisman era puto, mujeriego, corrupto, inútil y servicial al mismo tiempo. Por ninguna de esas cosas nadie merece morir, pero no lo charlan ni con el psicólogo. Los políticos presos por delincuentes están a la altura de Loujain Alhathloul, la mujer árabe que sufrió abusos sexuales mientras estuvo presa mil días por reclamar el derecho a poder conducir. Milagro Sala y Amado Boudou están a la altura de Alekséi Navalni.

Obviamente no creo que todos sean sociópatas o ignorantes. También están los traumados históricos que recién ahora consiguen reconocimiento en el club de terapia grupal estatal. Y los entiendo: son escasísimos los personajes con cultura y estabilidad económica sostenida en el tiempo. Por eso personas cultas se vuelven automáticamente idiotas al conseguir que alguien con poder les preste atención después de décadas de penar por reconocimiento a sus saberes e ideas. Te regalo el trauma de ser anti meritocrático y, a la vez, no saber por qué te cagas de hambre si estudiaste tanto.

Por último no quisiera olvidar el componente cultural convertido en cuestión romántica. La cultura vive en el emigrante. El que parte se lleva una foto mental de la realidad de su país y así se la transmitirá a sus hijos y estos a los suyos hasta que se den fenómenos como descendientes de partisanos que militan en el peronismo. La historia, cuando no es escrita, se deforma de boca en boca.

El dúo Ortega y Gasset, en un concierto brindado ante las Cortes Constituyentes de 1932, cantaba “el pueblo particularista parte de un sentimiento defensivo, de una extraña y terrible hiperestesia frente a todo contacto y toda fusión; es un anhelo de vivir aparte”. Y somos tan, pero tan particularistas, tan pupistas que no podemos evitar pensar que la invasión a Ucrania es un partido de fútbol.

No se puede ser tan ombliguista de salir a reclamar que los artistas, los escritores, los actores, los directores tomen partido. ¿A quién carajo le importa? En serio lo pregunto, a vos que estás leyendo: ¿realmente te cambia la vida saber si artistas que no consumís condenan o no condenan la invasión rusa? Y si alguien quiere darlo a conocer –como el pelotudo de Roger Waters que le explicó a una ucraniana que la cosa no es tan como la está viviendo–, que lo haga. Opinar, opina el que quiere. Ahora, creer que somos tan gravitantes como para que un debate televisivo o una columna como esta o cualquier otra pueda cambiar la realidad de las cosas, only in Argentina.

Así nos quieren matar de aburrimiento en el debate de la izquierda y la derecha por quién es el padre del niño Putin. Así de descolocados quedan todos. ¿Creen que lo mamado en casa y repetido hasta convertirlo en mantra no repercute en la percepción de la realidad? Miren la reacción de Cristina y Máximo por el acuerdo con el FMI. “Porque Néstor” los acorraló hasta dejarlos al lado del FIT y los libertarios. Y con lo que les gusta encasillar en sistema binario, no me quiero imaginar el malambo que deben sentir en sus cabezas.

Igual le agradecemos a Cristina que se haya quejado públicamente por el ataque a su despacho. No, no condenó: le molestó que la atacaran a ella. Si era otro, pasaba. Queda para el recuerdo que plantee la duda de si fue intencional, como si alguien pudiera romper una ventana de un piedrazo al tropezarse en la calle.

Por lo pronto, deberemos soportar nuevamente a quienes creen que subestimamos a Alberto, que ahora sí se puso los pantalones, que finalmente apareció el macho alfa. Pareciera que lo vaciaron, le hicieron percha el programa económico y lo dejaron a tiro de gracia de la oposición hasta para pedir café, pero son puntos de vista.

Por último, al que sí quisiera colgar del escroto es a Francis Fukuyama por haber arruinado generaciones que fueron emocionalmente seteadas por sus propios padres para vivir en un mundo en el que el Titanic es insumergible.

Muy suelto de cuerpo, el autor de El fin de la Historia dice que Putin quiere “revertir el orden europeo posterior a 1991”. Genio, visionario, maestro del análisis. El mismo que idiotizó a todo un planeta al hacerle creer que la caída del Muro de Berlín implicaba el triunfo de Occidente, ahora sostiene que el enano de Moscú “ha demostrado que no podemos dar por sentado el orden mundial liberal existente”. No hay dinero que pueda pagar tanta sabiduría de parte del que firmó el final de los conflictos ideológicos en un universo que ha vivido en guerra desde que el primer homínido se paró en dos patas. ¿Así que ahora es un conflicto cultural? Siempre lo fue.

Hasta hace un par de semanas no sabíamos ni donde queda Ucrania. Y, seamos honestos, todavía tienen que señalarla en el mapa todos los días para que entendamos la gravedad del asunto para el resto de la Europa que nos gusta. Pero allí también hace unas semanas pasaban otras cosas. Ese nene que vimos cruzar la frontera en llanto vivo y en absoluta soledad, hace tan solo unas semanas tenía otras preocupaciones, como a qué iba a jugar en un rato. Un tipo como yo pero de Ucrania, hace unos días pensaba qué iba a hacer el finde. Entre las opciones, dudo mucho que tuviera ganas de portar un fusil. ¿Qué es lo que hay que comprender?

Lo que sí sabemos hace un par de semanas y mucho más es que uno de cada dos argentinos es pobre. En el gobierno también lo saben y les chupa un huevo. Imaginate el interés por Ucrania. Creo que ahí radica nuestro mayor ejemplo de falta de empatía: le pasa a otro, no a nosotros; como cada vez que vemos un muerto por inseguridad y lo olvidamos.

Igual, agradezco que de vez en cuando ocurran esta clase de debates sin sustento sobre cosas que nunca podremos dimensionar porque no tenemos la más pálida idea de qué se siente. Si no fuera por la polémica, me habría olvidado que además de diferencias políticas no podemos ponernos de acuerdo, siquiera, en si está bien o no bombardear civiles a título gratuito.

Así y todo, sigo más atrapado por la polémica entre Residente y JBalvin. Después de todo, la tele la prendo para ver programas pasatistas que, cada tanto, disparan ideas. Lástima que algunas de esas puedan implicar que aquello que nos apasiona es, en realidad, una cagada.

Como esta nota.

 

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