No me grites más

Una lapicera. Un sindicalista le regaló una lapicera a lo que queda del Presidente, ¿entendés? Ocurrió en un acto de respaldo al que faltaron hasta los propios ministros. 

En público. Una lapicera. Lo habrían humillado menos si le entregaba un par de pantalones largos, pero el señor se puso a gritar igual. ¿A quién le grita, hombre?

La lapicera es todo un símbolo de lo que ha reclamado el sindicalismo y el resto del Frente de Todos que no responde a la egyptian architect. El famoso “a qué le tenés miedo, si tenés la lapicera” no fue dicho una vez. Fue dicho mil veces desde el momento en que Alberto anunció que su ministro de Seguridad sería Diego Gorgal y luego tuvo que borrar el tuit para darle la bienvenida a la ministra en pijamas. Desde aquel día, cada vez que al Presidente le sale algo mal nos caga a gritos. Y le pasa tan seguido que no entiendo cómo conserva sus cuerdas vocales. 

Hoy tenemos a Aníbal Fernández meta putearse con Sergio Berni. Ninguno fue al acto en apoyo de lo que queda del Presidente. Desconozco por qué faltó Aníbal. Berni hizo declaraciones y, si bien la semiótica no es mi fuerte, dejó trascender alguna disconformidad entrelíneas al afirmar que “el daño” del gobierno de Alberto es “irreversible” y que él no se sintió defraudado “porque no esperaba otra cosa”. 

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“Jugar bien es ganar”. Una frase dicha por Carlos Bilardo y que cualquier futbolero resultadista conoce de memoria junto a varias más que apuntan a la victoria como única posibilidad. El resultadismo existe en todos los ambientes y, al menos en lo laboral, es causal de despido o promoción. 

Los gobiernos se juzgan por sus resultados. Nadie puede decir “bueno, se nos prendió fuego el glaciar Perito Moreno, pero tuvimos buenas intenciones”. Sabés, no sabés, hacés, no hacés. No hay demasiadas opciones y, precisamente por ello, desde este mismo sitio hace ya demasiados años, pedía que la corrupción no nos tape que gobiernan como el orto. 

En la tarea de administrar temporalmente al Estado el Presidente cuenta con un inmejorable aporte: el gabinete de ministros. Su equipo, ni más, ni menos. 

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Hace unos días, en la ciudad de Rosario se reunieron jueces de todo el país junto con los cuatro miembros de la Corte Suprema. Luego de que todos hablaran de lo difícil que es hacer investigaciones judiciales en materia de narcotráfico, el juez federal de Eldorado casi me hace llorar de pena. Es uno de los juzgados que poseen triple frontera. 

Tiene que investigar al terrorismo, unidades de Hezbollah, Hamas y hasta de Al-Qaeda y el narcotráfico entre tres países. Además, tuvo que intervenir para que se garantizara la libre circulación de los argentinos varados y analizar cada caso en función de las disposiciones ordenadas por el único presidente que se auto captura in-fraganti violando sus propios decretos. 

¿Cuántos laburantes tiene el juzgado que además se encuentra en la zona caliente del tráfico de armas y de personas? Veintidós pobres almas. Sí, dos patitos. La misma cantidad de asesores que tiene cada senador nacional. ¿Esperamos resultados positivos en materia de narcotráfico? Deberíamos agradecer que quedamos en el culo del mundo y ya no es negocio atentar contra la Argentina. 

¿Quién es el responsable de la cantidad de empleados que tiene ese Juzgado? El mismo Poder Judicial que se encuentra en un baile hermoso desde que la Corte ordenó que el Consejo de la Magistratura vuelva a ser lo que debió ser siempre. Y el Consejo es el que administra el dinero. Hoy el dinero alcanza para pagar sueldos. Y gracias. 

¿Cuántos ministros de Alberto deberían tomar cartas en el asunto? Al menos los de Justicia, Seguridad, Interior y Economía. Pero Wado está de rosca, Aníbal declara ante la prensa, a Guzmán ya no se le puede pedir ni para la SUBE. Y el de Justicia tiene como prioridades la ampliación de los miembros de la Corte y el cierre de las causas contra Cristina. 

Está claro que así se acaba el narcotráfico en Rosario. Solo hay que darles tiempo. Dato de color: los penales federales donde las bandas operan aún presas, están bajo su órbita. Quizá Alberto no lo sepa y por eso grita.

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Cada gobierno que asume tiene una nueva ley de ministerios en el que se especifican las funciones de cada cartera. Pero no siempre fue así. Desde 1853 y hasta la reforma de 1898, la cantidad de ministros del Poder Ejecutivo era fijada por la Constitución Nacional. Cinco, no más: ministro de Interior, de Hacienda, de Relaciones Exteriores, de Guerra, y de Justicia e Instrucción. 

Con solo cinco ministros gobernaron Urquiza, Derqui, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca en su primer mandato, Juárez Celman, Pellegrini, Luis Sáenz Peña y Uriburu. 

Y con solo cinco ministros alcanzó para extender la frontera, crear relaciones diplomáticas con el planeta, construir fuerzas armadas unificadas, ganar un par de guerras, poblar un país de inmigrantes, separar a la Iglesia del Estado y darnos una ley de educación pública. Cinco, no más. 

Reforma mediante, para el segundo mandato de Roca ya existía el ministerio de Agricultura y el de Obras Públicas. Y con ese número de solo ocho ministerios –Guerra se dividió y nació el de Marina– la Argentina existió otros cincuenta años. Medio siglo en el que se compitió por los primeros puestos de las economías globales, llegaron la energía eléctrica, los automóviles, la aviación, las fábricas industriales, el voto universal y secreto y la construcción de un sistema de infraestructura aérea, terrestre multimodal y naval que aún hoy perdura. 

En la reforma de 1949 se pateó la cantidad de ministros a una ley. Pero en 1957 se volvió al sistema anterior. Alfonsín gobernó con ocho ministerios. Menem lo mismo en su primer mandato hasta que en la reforma de 1994 reapareció esa prerrogativa de darle a la política la posibilidad de crear todos los cargos que quiera. Menem solo creó un ministerio más y puso en funciones al Jefe de Gabinete.

Kirchner agregó otro ministro y tuvo diez carteras. Con Cristina llegamos a dieciséis ministerios. Con Macri, a veintidós. 

Alberto se puso en austero y cuenta con veinte ministerios. Entonces surge el interrogante: ¿Cantidad o calidad?

Del mismo modo, desde que a Macri se le dio por bajar el ministerio de Salud a la categoría de secretaría, se instaló que algo no existe si no tiene un ministerio propio. Es al menos curioso, como si una persona que tiene quince hijos fuera mejor padre que aquella que tiene uno. 

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El ministerio del Interior es el responsable de asistir “en todo lo inherente al gobierno político interno y al ejercicio pleno de los principios y garantías constitucionales, asegurando y preservando el régimen republicano, representativo y federal”. 

A la vista de los resultados en materia de respeto a los derechos básicos a lo largo de la cuarentena, Wado debería haber sido expulsado de la galaxia. También es responsable de toda la sobrecarga laboral que tienen los juzgados federales del interior por no atender un reclamo de sus magistrados ni de sus gobernadores. Porque si hay algo en lo que no podemos hacernos los boludos es en que, por muchísimo menos de lo que ocurre en Rosario en una semana, se han intervenido provincias enteras. El Congreso también se lleva su parte por siquiera plantearlo.

Interior y Justicia tienen otro problemita que, evidentemente, les resbala: en Entre Ríos estén violando toda normativa para echar a la fiscal que investigó y metió en cana a tantos que hasta cayó Sergio Urribarri. Otro motivo de intervención federal. Ni siquiera alcanzó para un mensaje que diga “disimulen un cachito”. 

Podemos seguir en el camino de la intrascendencia con el ministerio de Producción. El resultado de su gestión puede resumirse en un solo hecho: el auto más vendido es el vehículo más inseguro de todo el mercado. ¿La gente ha enloquecido? No, es el único disponible y pagable en un país que tiene fábricas de autos desde 1914, cuando Henry Ford abrió la tercera fuera de Estados Unidos. Y eso que teníamos solo ocho ministerios. No hay autos, no hay cubiertas para los autos usados. ¿Qué hace el ministro? El ministro opina, Alberto grita.

Al ministro de Ambiente no se le incendió la Antártida porque no le dieron tiempo. En el ministerio de Género no consiguieron ni que la ministra pueda sostener su opinión sobre la violencia institucionalizada de Juan Manzur. En el ministerio de Agricultura y Ganadería primero nombraron a un vegano. Ahora pusieron a Juli Domínguez, dedicado a desmentir 24 por 7 los gritos de Alberto.

Qué decir de las relaciones exteriores que no hayamos dicho en este texto. Es el área responsable de vender a la Argentina en el mundo. No sabemos si nos gustan las dictaduras, si nos caen bien las democracias, pero tenemos la receta secreta para terminar con la locura de Putin. Puede que el secreto esté en los gritos. 

En materia económica tenemos un ministro de la Deuda Externa. Es su única función desde que asumió y la gestionó mal, para no desentonar con el equipo. ¿Qué nos queda? ¿Transporte en mano de los Moyano? ¿Trabajo reducido a un escribano de paritarias?  ¿Un observatorio de gritos presidenciales?

La página de Obras Públicas destaca que tiene 434 “intervenciones” terminadas en todo el país. El Central no logró nada por la inflación más que impulsarla. Ahora vienen unos nuevos billetes para pacificar al país. Eso sí, el de mayor denominación alcanza para un quesito port salut. Otra gestión para recordar. ¿Desarrollo Social? Cueva de punteros solo dedicada a la administración de planes sociales que hacen que Alberto termine a los gritos. 

A la cartera de Educación deberíamos pasarla por alto. Cuando comenté la estafa legal de dar por sentado que si existe una ley aparece la magia, faltó agregar algo: si la educación es obligatoria, se da por sentado que todos los ciudadanos saben qué votan cuando votan. Ya que estamos en tiempos de censos, Sarmiento no lo dio por sentado y, tras conocer los resultados, mandó a estudiar hasta a los perros. Hoy preferimos no evaluar para no estigmatizar pero condenar a toda una generación a dos años sin escolaridad. Otra gestión para no olvidar nunca más en la vida. 

Lo mismo podríamos decir del ministerio de Salud: you have one job. Y mejor que dejen de culpar a la pandemia. O quizá hubo una cepa de Covid que no conocimos; una cuyos síntomas los obligó a decir que China queda lejos y que les hacía alucinar con voces que les gritaban “vacuná rápido a tu familia y que el resto espere”. Mejor ni hablar de las políticas de cuarentena coordinadas por –otra vez– el ministerio de Interior y un ente llamado ministerio de Seguridad. 

Hablando de seguridad… Está lindo el asunto, ¿no? Somos el país con más cantidad de cámaras de seguridad por habitante de toda América. ¿Te sentís más seguro? Somos el país con mayor cantidad de policías por habitante de todas las democracias del mundo. ¿Y ahora? ¿También querés gritar?

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A la luz de los resultados, podemos llegar a una gran conclusión meramente matemática: con cinco ministerios tuvimos grandes gobiernos y algunas crisis. Con ocho ministerios tuvimos grandes gobiernos y grandes corruptos. Con el nivel de ministerios que manejamos desde hace, por lo menos, quince años, solo tenemos penurias económicas y resultados cuya máxima vara es “cuestionable” y de ahí para abajo con una sola excepción: la obra pública y la recaudación impositiva. 

Veinte ministerios y ninguna flor. Ni un pétalo. Una jefatura de Gabinete, 20 ministerios, 109 secretarías, 218 subsecretarías, más de dos mil direcciones y coordinaciones y solo un organismo exitoso: la AFIP. 

Todos tan sumergidos en la rosca que nadie labura. Y siquiera se predica con el ejemplo:  si el Presidente está al pedo, qué queda para el resto. 

Y encima nos grita…

 

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