No quiero cerrar grietas

Todos los lunes aparecen notas tituladas casi siempre igual. Palabras más, palabras menos, dicen que Alberto relanza la gestión, o que cambia el rumbo de la gestión. Desde hace un año agregan “a pesar de” y un blanco a llenar por “el silencio de Cristina” o “la resistencia del kirchnerismo”. 

Puede que el señor tenga, algún día, un programa de Gobierno. Como suele suceder en la anodina vida del señor Fernández, le caigan esas ideas cuando sea nuevamente un inerte trozo de opinión intrascendente. Como antes de ser Presidente. 

De vez en cuando leemos o escuchamos que lo que queda del Presidente es un dialoguista, cuando tiene que pedirle permiso a Maduro para ir a la Cumbre de las Américas. Varias veces al día tenemos el placer de escuchar algún editorial que apunta a los mismos temas una y otra vez, como si viviéramos en un Día de la Marmota, pero sin la gracia de Bill Murray ni el glam de Andie MacDowell.

Y casi en continuado tenemos rondas de entrevistas sobre la dinámica de un Poder que solo existe en palabras de los entrevistados.

Hoy no será el caso, estimado.

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Cuando la pobreza te roza se activa automáticamente el instinto de supervivencia. El “sálvese quien pueda” se convierte en ley suprema. En ese serpentario algunos tienen más herramientas que otros, pero todos tienen al menos un objetivo en común: no caer más bajo. 

Cuando los muchachos dijeron que volvían para ser mejores, ni en la peor de las pesadillas se pudo concebir tamaña eficacia. No dejaron nada por romper. No queda un harapo de lo que alguna vez nos encontró con ganas de ascender socialmente. Ha sido reemplazado por la envidia al que creemos que le va mejor. 

Hemos entrado en un proceso en el que han desaparecido los conceptos de clases, y no me refiero a la política escolar del gobierno. Hay aislamiento estamental. A nadie le importa si está bien que el rico pague fortunas por ser rico, si el clase media asaltado puede caer en la ruina, o si el pobre hoy come y, mañana, veremos. 

Cada cual atiende su juego. Para unos son los juegos del hambre, para otros no tener que mudarse de barrio. Algunos lucharán por no cambiar de colegio, y así cada individualidad es convertida en algo invisible bajo la enorme manta del “todos estamos mal”. 

Hay aislamiento social por supervivencia. No se puede tender una mano a los más necesitados cuando uno necesita no caerse. Y el que está peor que vos te ve con una botella de Coca en una esquina y cree que sos millonario. No puede existir peor clima social que este. 

Estamos tan tapados de mentiras para justificar la barbarie que ya no nos detenemos ni a preguntar “¿Che, y cómo funciona en otro país?”. Ejemplo número uno: “La Argentina tiene su economía arrasada por culpa de la deuda externa”. O sea: debemos el equivalente al 71% de nuestro PBI. Estamos en el puesto número 67 en porcentajes de deuda. De hecho, casi que deberíamos estar orgullosos. 44 países deben la totalidad de su PBI o mucho más. 

Ya les vamos a dar clases a esos turros. Sí, a ustedes les decimos, Australia, Italia, Canadá, Alemania, Dinamarca, Austria, Noruega, Suecia, Finlandia, Suiza, Países Bajos, Irlanda y Estados Unidos: ¿Cómo hacen para dormir por las noches con esas deudas? 

Todos ellos tienen deudas externas que alcanzan hasta el 160% de su PBI. Y mejor ni mencionar que son números que multiplican entre diez y cien veces el argentino. No quiero ni imaginarme los niveles de pobreza y marginalidad que atraviesan. 

El problema de la Argentina no es la deuda. Es la manía compulsiva de no querer pagar, la falopa de gastar lo que no se tiene y la adicción a adoptar políticas de Estado por las que muchos países han desaparecido del mapa. 

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Tenemos 24 distritos autónomos. El pelmazo del Presidente quiere una Corte Suprema de 25 miembros inspirado en su fascinación por el sistema de España. Sí, una monarquía. Menos mal que es profesor de derecho. Esta propuesta demuestra dos cosas. La primera es que es un adicto al fracaso: no hay forma de que se apruebe. La segunda es que vive en una nube que lo mantiene aislado de la ciudadanía que hoy piensa cómo hacer para llegar con vida a fin de año entre alquileres, tarifas y una inflación que ya pisa el 87%. ¿Qué propone? Un engendro que agiganta el tamaño del Estado. 

Si en la triple frontera deben atajar todos los penales en un juzgado con 22 personas, la Corte es un problema solo para el gobierno. De hecho, lo es para una persona del gobierno: la misma que en 2006, como senadora, impulsó una ley para bajar el número de miembros de nueve a cinco integrantes. Una tal Cristina Fernández. La misma que dio el visto bueno para la propuesta de Alberto Ídem. 

Pero aquí estamos, nuevamente, con todos excusándose en la fucking deuda sin que nadie pregunte en qué momento administrarán el resto de las cosas. Vivimos en un país, no en un estudio contable. 

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Hace poco escuché a uno con micrófono decir que no deberíamos quejarnos porque somos “privilegiados de panza llena”. No, no lo escuché en la radio que pago con mis expensas, sino en una opositora. 

¿Cómo voy agradecer tener comida en el estómago? ¿Desde cuándo alimentarse, trabajar y tener un techo es un “privilegio”? El daño cultural es total. 

Hay gente que vivió toda su vida en el mismo barrio y hoy tiene que mudarse. Como en el spot de Alberto, ¿te acordás? Se cayeron en la escala social, pero les queda un resto para mudarse a otro lado. Y comer. ¿Qué clase de privilegiados serían? ¿Tipo Bulgheroni? 

Muchísimas personas entienden al dinero como un medio. Lo entienden bien. Un billete no tiene valor hasta que se lo canjea por un bien o servicio. Monetarismo for dummies. No todos quieren “acumular” plata porque son poco solidarios. De hecho, solidaridad y egoísmo van de la mano si te sentís bien al ser solidario. 

Ahora, si un salario mínimo es de 150 dólares y un alquiler cuesta 200, ¿cuál sería el privilegio de la panza llena? En tu vida vas a comprar una vivienda: heredarás o vivirás con tus viejos. ¿Proyectar un futuro, una familia? ¿Dónde, en la piecita de tus padres? Y encima si comés y tenés trabajo no podés quejarte. ¿Cómo no van a querer irse a la mierda casi todos los pibes?

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Existe una teoría repetida hasta el hartazgo que tiene que ver con la unión de todos los argentinos y el concepto de pueblo. Y hasta hay empresarios que nos proponen “un gran acuerdo político” porque nos hace falta cerrar la grieta. ¿Con quién? ¿Cómo se cierra una grieta cuando hubo crímenes sin un dejo de arrepentimiento? Nunca en la historia una amnistía ni indulto alguno dieron resultados de apaciguamiento. Nunca, jamás. 

A mis veinte años no podía quejarme porque los pobres tenían hambre y las clases medias debían mantener a sus familias. A veinte años de mis veinte tampoco puedo quejarme porque tengo la panza llena, a pesar de saber que ya no califico para un préstamo hipotecario a largo plazo por una cuestión de edad. Un préstamo para el que, preventivamente, me preparé para no acceder, dado que no puedo demostrar que no lo necesito; requisito crucial para conseguir un crédito en el país en el que las viviendas se compran al contado y los pantalones en cuotas. 

No pude quejarme entonces, no puedo quejarme ahora, porque siempre hay alguien más urgente. De a uno que no se puede con todos. ¿Cómo podés pretender empatía por un desconocido cuando tus conocidos se caen a pedazos? ¿Encima debo sentirme culpable porque puedo comer? ¿Tengo que tener paciencia? ¿Paciencia para cuándo? Me recuerdan los preceptos de los sacerdotes del medioevo: bancate la pobreza que el reino de los cielos es para vos. 

Y yo no tengo tanta paciencia. Pretendo tener una larga vida y quiero todo lo que debería tener a mi edad. Y lo quiero ya. No tengo más ganas de esperar. 

Nuestra generación ya está jodida. Y hasta me atrevo a decir que más jodida que la de nuestros padres, porque ellos se cagaban a tiros y se mataban por un modelo u otro de país. Hoy veo a gente de mi edad en el intento de eliminar al otro solo por defender a un ídolo político sin importar los desastres ni los delitos. Son como hinchas de fútbol que alientan aunque tengan la peor campaña de su historia. Nos criamos en los noventas, chicos ¿cómo van a tener de ídolo a un político? ¿Tanto odio le tienen a sus viejos que necesitan de una mami platónica? 

Cerrar grietas… Con todos los delincuentes que me arruinaron los proyectos, todos esos que están en el Poder desde que cumplí veinte años, no quiero que se lleven nada de arriba. Con todos los advenedizos que justifican homicidios, corrupción y no salen del tupper ni aunque se les haya muerto un pariente por culpa del Gobierno, no tengo nada, pero absolutamente nada que cerrar.

Unos quieren un país normal, de esos en los que los gobernantes laburan y los laburantes delegan el poder una vez cada equis cantidad de años para luego dedicarse a producir. Otros quieren un país en el que el privilegio, la prebenda y el acomodo prima por sobre cualquier otro principio. Un país en el que la Constitución es un listado de sugerencias, las leyes son a medida, el Estado tiene dueño y las políticas se deciden en base al prejuicio, la venganza y el ataque a todo aquel que haya progresado. Salvo que se haya vuelto multimillonario en la función pública, caso en el que se convierte en líder carismático. 

¿Cuál es el punto de encuentro en esta Guerra Fría civil? Los escucho, eh.

No es solo la corrupción o la mala gestión. Si alguien tiene un deber y lo hace mal a conciencia solo porque la ideología se lo pide a gritos o para garantizarse la perpetuidad del Poder porque es un falopero de la política, tengo un hermoso Código Penal para tirarle por la cabeza por más que nunca haya robado ni un sobre de azúcar: incumplimiento de deberes de funcionario público. 

Lástima que, como no son boludos –y nadie atenta contra su propia especie–, los delitos más graves tienen las penas más bajas de nuestra legislación. 

¿Por qué digo que son los más graves? Porque muestran desprecio por la vida de decenas de millones de personas. Timbas con la salud en cualquier aspecto. No hay plan contra el narcotráfico, no hay plan contra sus consecuencias. Arruinaron la educación de toda una generación. No hay dinero para gas. Familias que se caen a pedazos. Personas que se caen a pedazos. 

Ya no sé quiénes son peores, si los que piden acuerdos anti grieta, o los que quieren despegarse de Alberto. No se despeguen, turros, que este gobierno es de ustedes. No se despeguen que es obvio que no lo hacen porque este gobierno sea malo, sino porque ustedes querían que fuera aún peor. 

Nunca me interesó la pacificación ni cerrar la grieta con gente que, si le garantizaran la impunidad, Dios sabe qué haría. No sé si es de mal cristiano, de mala persona o lo que corno fuera. No me importa. Porque antes que todo eso, como dije al principio, viene el instinto de supervivencia. Y me están llevando puesto. 

No me interesa, no quiero, no deseo encontrar puntos de encuentro con personas que el único punto de encuentro que tienen conmigo es que respiran el mismo aire. 

¿Se puede salir adelante así? Obvio: con justicia e igualdad ante la ley. El resto me importa entre poco y la nada absoluta. Sobre todo mientras exista ese comportamiento clasista y envidioso en el que no desean lo que el otro tiene: desean que no lo tenga. 

Como decía un tal Winston Hubert McIntosh, “no quiero paz; quiero justicia e igualdad”. El pobre Tosh terminó con dos tiros en la cabeza y el mensaje se hizo carne. 

PD: Este texto fue escrito después de un plato de fideos. Pido disculpas por quejarme con la panza llena. 



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