Trastornos

No sabía bien qué escribir esta semana dado que cada noticia sobre Sergio Massa amerita tan solo que vuelva a compartir una y otra vez el mismo texto de la semana pasada. Por ello es que les propongo que me permitan compartirles un mix entre un tema que me apasiona y las novedades de estos días.

Tengo fascinación por los psicópatas. En serio, me apasiona el estudio del trastorno, me sorprendió desde mi primer día de empleado judicial saber que no era una enfermedad mental, me vuela la cabeza que recién comiencen a abundar estudios sobre la materia a partir del siglo XXI. Y ni que hablar de los mitos: el psicópata es violento, solitario, etcétera.

Aún al día de hoy no existe una definición unívoca de qué es una personalidad psicopática y es un error creer que el mundo se divide entre psicópatas y seres “normales”, o que solo los psicópatas son capaces de cometer las peores atrocidades. Sin embargo, hay cierto consenso en un listado de atribuciones que, en suma, da un perfil psicopático.

Por ejemplo, tres rasgos básicos son la gran capacidad verbal, encanto superficial y la carencia de culpa

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En los últimos días vimos a Sergio Massa hablar de manera imparable. O sea: podría haber convocado a sesión de diputados, presentar su renuncia, retirarse, jurar como Ministro y llamar a conferencia de Prensa. Pero no, nos tuvo una semana agarrados de las gacetillas publicadas vía metralleta de noticias del Superministro (había que decir Superministro o se ofendía).

Sonriente, abrazó a todo el mundo y no paraba de hacer chistes en un evento que se pareció más a un Lollapalooza en Hiroshima, a una pachanga en un velorio, que a la realidad de la asunción del tercer ministro de economía en 28 días en un país que se balancea en la cuerda floja con un huracán a la vista.

Luego se tomó un tiempo insufrible para dar una lista de buenas intenciones, una carta de deseos que aún no tiene medidas concretas. El anuncio de la hoja de ruta resultó ser una servilleta con una anotación que decía “en Hudson salí a la derecha”.

Así, el programa económico del abogado fue el responsable de que se calmen los mercados. El anuncio de bajar el déficit público al 2,5% es todo un tema, más cuando sus últimas dos medidas como presidente de la cámara de diputados fue cagarle el impuesto a las ganancias a Guzmán y mandar a las nubes el presupuesto parlamentario via aumentos salariales del 69%.

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A lo largo de la historia cinematográfica hemos tenido cientos de personajes que nos llevaron a confundir psicopatía con psicosis. Es como el parecido entre Norman Bates y Patrick Bateman, los protagonistas de Psicosis y Psicópata Americano. Ambos están profundamente alterados en sus psiquis, lo cual los separa ampliamente de un trastorno de la psicopatía aunque pueden llegar a confundirse a los ojos de un tercero.

El ejemplo cinematográfico sirve para graficar el caso de la autoestima, absolutamente anulada en Bates, exagerada en Bateman. Y que un psicótico puede o no tener autoestima exacerbada, pero es casi de manual en un psicópata que se precie de tal, a lo cual se le puede sumar otro ingrediente que no debe faltar.

O sea, a la autoestima exagerada, deberíamos sumarle el comportamiento malicioso y la manipulación.

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A muchos les dio entre risa y pena ver a Alberto Fernández salir en mutis por el foro mientras Sergio Massa sacaba pecho y sonrisa tras su jura. Yo todavía me río del “superministro” que se enoja, del mismo modo que se enojó por los rumores de que él iría a la Jefatura de Gabinete. Y eso que fue un rumor que él y su entorno se encargaron de esparcir.

Es cuanto menos sorprendente que, en el momento en que Alberto Fernández más necesitaba del apoyo político de su antiguo socio político, Massa bailaba lentos con Máximo Kirchner y tomaba mate con Cristina. No es cualquier socio: contrario a lo que insistan con los memes, Alberto fue Jefe de Campaña del Frente Renovador entre 2013 y 2015.

De hecho, fue tanto lo que hizo Sergio Tomás por pisotear a Alberto Fernández que hasta lo hizo quedar en ridículo varias veces. ¿La peor? No sé cuál, pero mi favorita es la filtración del supuesto chat en el que, luego de la renuncia de Guzmán, le dice a Alberto que llame a Cristina y éste le dice que no lo atiende.

¿Cómo se llega a ese extremo de confianza con una mujer a la que prometiste meter presa? Primero, hacete amigo del hijo. Segundo, dale al nene todo lo que quiera. Tercero, sobale el lomo a la Jefa que le encanta. ¿Principios? A donde vamos no necesitamos “principios” y ahí comienza a rodar la idea de pasar de barrer a los ñoquis de La Cámpora a fantasear con una fórmula. Con tuco.

Por otro lado, Alberto se merece un “jodete” más grande que la deuda argentina. ¿Recuerdan cuando Sergio Massa se erigía como la oposición constructiva? Ah, qué tiempos aquellos en los que se fue con Macri a pasear por el Foro de Davos y ver cuántos contactos podía garronear. Y cómo vamos a dejar en el olvido su presencia en la asunción de Donald Trump y también en la marcha en contra de la asunción de Donald Trump. Todo bien cubierto por los medios: unos mostraban su presencia en calidad de no se qué en la asunción, otros lo exhibían con cara de “no puedo creer que no usen bidet” con la protesta de fondo.

Luego se puso en picante en público mientras muchos de sus allegados cumplían funciones en el gobierno de María Eugenia Vidal. A negras y coloradas, primera, segunda y tercera docena. As usual.

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Es obvio que todo se preste a confusión. Por ejemplo, si una persona tiene un miedo atroz a salir a la calle, puede tratarse de una cuestión irracional y merecer tratamiento. O tan solo puede tratarse de un argentino. ¿Acaso es un psicótico o neurótico paranoide el tipo que no quiere que lo dejen como un colador mientras compra un cigarrillo suelto en un kiosco?

Precisamente es por esto que la Organización Mundial de la Salud tiene directrices pero no un manual exacto. O sea: es más complejo. Por ejemplo, se afirma que el psicópata es de por sí sociable, seductor y/o simpático. No por eso vamos a considerar que Mick Jagger es un potencial asesino en serie o animal político.

También está escrito que, cuando el psicópata tiene un objetivo en la mira, es de armar un recorrido paso a paso bien planificado para alcanzarlo y laburar hasta el extremo para lograrlo. Y no por esto vamos a creer que un Ingeniero Civil o un monotributista que quiere recategorizarse en la página de la AFIP son seres psicopáticos.

El tema es el contexto, la suma de las piezas y algunos factores puntuales, como la compulsión patológica por la mentira, que no es lo mismo que ser un mentiroso. Mentir para manipular, mentir para hacerle creer al otro que no pasa nada, que está todo bien, que el fuego no quema y, por sobre todas las cosas, para alimentar la propia autoestima megalómana.

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De un día para el otro la economía se calmó, los mercados se relajaron y los sindicatos podrían levantar la marcha a favor y en contra del gobierno. Hasta encontraron la amoladora para desempotrar al secretario de Energía de su sillón. Pero si uno mueve mucho el dedo gordo sobre el celular –mucho, eh– puede encontrar bien abajo, después de las noticias del corazón, que el Banco Central tuvo que liquidar 700 millones de dólares. En cinco días.

No es tan grave, después de todo está el Superministro, o el Ministro Atómico o G.I. Minister. Desconozco cómo quiere que le llamen esta semana. Poco importa que el Central haya tenido que vender lo que no tiene y entregue los encajes de los bancos. O sea: liquidaron tus dólares. Como cada día desde hace un par de meses, ya que los verdes que venden son los de los depósitos. Por si no se entiende: si el lunes todos los que tienen ahorros en dólares fueran a retirarlos, no alcanza para todos. No es paranoia, son números públicos.

Pero mirá si nos vamos a fijar en pequeñeces cuando hay un hombre que pone el pecho y deja el alma. Quizá sea por estas muestras de entrega que ahora haya que militar el descongelamiento tarifario o poner el aire a 24 grados, vaya a saber uno. Difícil de saber en el país en el que el temor a la inflación es 1.000% superior al miedo a un delito. Y eso que nadie se siente seguro.

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Mi fascinación con la psicopatía se inició a temprana edad por querer entender el accionar de un delincuente atroz que tuvimos detenido a disposición del juzgado en el que este humilde servidor cosía expedientes de purrete. Después me di cuenta que ese hijo de puta simpático no era el único. Más tarde, la vida me demostró que no todo psicópata termina preso y que durante el día podemos cruzarnos con alguno que otro sin darnos cuenta.

Ahora, cuanto más políticos conozco, más se desdibuja todo. ¿Es condición necesaria ser un mentiroso consuetudinario? ¿Y el repudio? Alguna que otra vez me vi dentro del foco de un ataque masivo en redes y creí enloquecer. Fueron más de veinte mil agresiones. ¿Cómo hace un tipo para saber que lo odia el 70% de un país y sonreír a cámara? ¿Y cómo hace una persona que lleva años de desfiles tribunalicios para decir que se hizo multimillonaria con un trabajito de un par de años? ¿Cómo hacen para no colapsar emocionalmente ante el repudio? ¿Es normal?

No, no lo es. Y el mayor error que podemos cometer es victimizarnos. El psicópata no tiene víctimas, no siente que tiene víctimas, porque carece de ese chip humano de la empatía. Si lo tuviera, ningún político sobreviviría al escarnio público. Lo que sí consigue es la complicidad. Puede ser de aquel que sabe que es cómplice y encuadra en su mismo trastorno de la personalidad, o puede ser por manipulación. Y en estos días que corren estamos llenos de cómplices, estimado.

Obviamente hay muchas similitudes con el sociópata. Y, contrariamente al mito establecido, psicópatas y sociópatas pueden asociarse sin ningún problema si es que tienen un objetivo en común. Lástima cuando la alcanzan. Las pequeñas diferencias, sin embargo, quedan en primer plano cuando chocan los planetas. Una notoria, quizá la más excepcional, es que cuando las cosas no salen bien, al psicópata le resbala y sigue adelante hacia su próxima meta. El sociópata, en cambio, puede entrar en un pozo depresivo sin fondo, desdibujarse, ser una sombra de lo que llegó a mostrar y hasta querer guardarse de la luz del día.

O salir por un costado, en silencio, mientras piensa cómo es que llegó a ese lugar tan sombrío. Si hacemos silencio, podemos llegar a escucharlo tararear «yo era el rey de este lugar, tenía cien capas de seda fina…estoy desnudo».

Nicolás Lucca

 

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