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Carrera Demente

Carrera Demente

Se acerca el día de las elecciones y, por estos pagos, estoy en un estado eutanásico: que se termine este suplicio cuanto antes y pasemos sin escalas al infierno que nos espera. Me resulta insoportable levantarme y sentir miedo de abrir el teléfono. No consigo acostumbrarme a entrar a una reunión y salir 15% más pobre sin que en ese mitin se hayan discutido mis ingresos.

Busco algo que despeje mi cabeza y no lo consigo ni en los lugares de esparcimiento mental que solía usar, como mis redes sociales. Es lógico que varios terminemos en un termo de individualismo si solo conseguimos descanso al mirar una película, escuchar música o leer algo a solas. Ya no hay chances de tener con quien interactuar sin que aparezcan comentaristas brutales que pasan sus días enteros abocados a dos tareas principales: ponderar al líder mesiánico + humillar a cualquiera que no vea lo mismo.

No jodamos con que son las reglas de las redes sociales, que estamos ahí desde antes de que los grandes iluminados aprendieran a atarse los cordones de las zapatillas. Las reglas tácitas de las redes desaparecieron hace tiempo y hoy es una Carrera Demente en la cual nadie gana. Antes teníamos un par de grietas: el kirchnerismo, el antikirchnerismo y los troskos como consumo irónico de todas las facciones.

Hoy, encuentro la desesperación por el llamado de atención.

En una situación de relativa normalidad, Massa estaría relegado a la administración de su feudo, Bullrich no sería considerada como opción en su espacio y Milei continuaría con su carrera teatral de consumo kitsch. De hecho, así era el mundo como lo conocimos hasta 2019. Pasaron cosas y aquí estamos, con un electorado al que se calificó de tres tercios, cuando son cuatro cuartos: 9.5 millones de votantes que no concurrieron a las urnas. Un porcentaje que supera ampliamente al número alcanzado por cada espacio competitivo.

Sin embargo, la volatilidad característica del electorado argentino, que supo derivar porcentajes similares a Cristina o a Macri con solo cuatro años de distancia, en determinados ámbitos se vive como si fuera una guerra sin cuartel. ¿Del público en general? Ni mamados. El común de la gente vota y punto. El resto de su vida lo tiene que dedicar a trabajar para pagar las cuentas o ver cómo sobrevive en el país que ocupa el tercer puesto en el ranking de salario mínimo más bajo de toda América Latina. Y todo gracias a la invalorable presencia de Cuba y Venezuela por encima nuestro.

Así y todo, en cuanto entro a una red social –ya ninguna se salva y ni siquiera nos han dejado Instagram para pelotudear en paz– me encuentro con ese universo paralelo en el que no importan los hechos ni las personas, si no cuántos creen. Ahí sí hay tres tercios para desgracia de los medios y sus principales figuras que, de tanta contorsión para quedar bien y, a la vez, aparentar cierta postura equidistante, ya podrían reemplazar sus vértebras por rulemanes.

Antes del boom de Internet, el humorista gráfico español Forges dijo que “los periódicos se hacen, en primer lugar, para que los lean los periodistas; luego los banqueros; más tarde, para que el poder tiemble y, por último e inexistente término, para que los hojee el público”. Hoy, la máxima persiste, pero en el primer lugar coexisten periodistas y miles de comunes que pululamos por las redes. Y todo no se puede.

El famoso tres tercios no tan tres tercios, en buena medida es emocional. Sin embargo, son demasiados quienes han intentado darle un marco de base ideológica, sustento técnico a algo que, en mi humilde criterio de haber sido escolarizado, se estrola contra principios básicos previos e irrevocables. Pero si tan sólo fuera eso, listo, problema ajeno.

El drama es que no ha quedado ni el respeto de un jugador de fútbol que cambia de camiseta y evita festejar los goles por cariño a su ex equipo. No, señor. En términos de neo militancia de teclados y pantallas, uno puede pasar de Boca a River, ingresar al Superclásico con la nariz tapada y gritar un gol colgado del alambrado mientras putea a la segunda bandeja de la Bombonera.

Desde hace masomeno un mes recibo, de modo infaltable, comentarios varios de “haberme vendido” por marcar cosas tan elementales como que una medida es inaplicable por cuestiones constitucionales y que, por ende, deberíamos ahorrarnos el debate. Y la verdad que no sé cómo debería hacer. ¿Aclarar todo el tiempo de dónde vengo o qué pienso?

«Hay que ser equitativo». ¿Cómo sería eso? ¿Ahora soy el titular de un tribunal oral? O sea que, si veo que alguien se ríe de la ruina del poder adquisitivo y quiero devolvérsela con algo tan zonzo como reirme de él, tengo que, sí o sí, criticar también a todos los demás. Demasiado consumo de plataformas de streaming han anulado la posibilidad de cruzarse con cosas que no son de nuestra plena satisfacción. Pero si pasa con los pelotudos que exigen proporcionalidad a la defensa de Israel, imaginemos qué nos queda a nosotros en este chiquitaje.

Pasan los años y al día de hoy intento comprender el comportamiento de masas en cuanto a líderes políticos. He leído todo lo conocido y lo no tan conocido de absolutamente todos los autores que puedan imaginar. He leído, también, numerosos ensayos sobre la tribalización de la conversación promovida y fomentada por las redes sociales, que por algo se llaman redes y sociales. Pero para tener acceso a una red social se requiere de algún dispositivo portátil o de escritorio que cuente con acceso a Internet.

Y resulta que ese milagro que llamamos Internet ya no sirve para nutrirnos de la más grande biblioteca de la historia de la humanidad. Todo queda reducido a la conversación con pares, al espejo, a la autoafirmación por vía de la aprobación de otros. No importa si tengo fundamentos para mis ideas: importa que otros piensen igual que yo. A medida que pasa el tiempo, si ese otro no piensa tan igual a mí en otros aspectos, es probable que los pase por alto. Porque ahora formo parte de algo que me trasciende, que es superior a mí pero que, creo, no necesito controlar porque está en mi esfera de creencias.

Imagino que entre tanta gente que ya se dedica al estudio del “fenómeno de la nueva derecha argentina” habrá algún caído del catre que se puso a estudiar en qué momento ocurrió que muchos de los más furibundos defensores de Patricia Bullrich hoy la tratan de Montonera públicamente. ¿Y me piden a mí ecuanimidad? ¿Me están jodiendo?

Lo bueno de estar por aquí desde que le llamábamos Internet 2.0 es que nos conocemos todos y mucho. Algunos pasamos de la comodidad de una planta permanente en el Estado al sector privado. Como yo, que cuando presenté la renuncia me jodían con que colocarían una placa de bronce en la puerta en homenaje. Otros, pasaron del sector privado a la función pública. Van y vienen de un sector al otro de acuerdo a cómo soplan los vientos electorales.

Después hay un tercer sector, los que largaron el sector privado para entrar a la función pública y no soportan las reglas del juego: se acabó el lugar en el espacio al que pertenecían, se van a otro partido. Si lo hicieran en silencio, descorchamos. Pero los veo agitar, los veo pegar por debajo del cinturón, los veo utilizar información como recursos para acomodarse mejor. No se lo comento ni a mi perro por las dudas de que no hable sólo conmigo. Y porque todo se ha convertido en un enorme chusmerío vestido de “ah, con esto lo aniquilo”.

Como comentaba antes, no me sirven todos los libros leídos sobre comportamientos de masas. Porque yo también formé parte de un grupo que me dio pertenencia, en el que muchos nos dimos espacio y cariño, donde compartimos comilonas, velorios, cumpleaños, matrimonios y paternidades varias. Todo lo que puede ocurrir en casi dos décadas. Pero yo creí que aquello que nos unía, el espanto del kirchnerismo, tenía determinados componentes. Y no resultaron ser los mismos.

A mí me repelía confundir poder adquisitivo con subsidio del consumo, la certeza de que el Mal Holandés de la oleada de ingresos de dólares nunca esterilizados nos llevaría a un desconche con el paso de los años, la imposibilidad del acceso al crédito para cualquier cosa que no fuera reventar la tarjeta en un país que se acostumbró a pagar bienes al contado y la ropa en cuotas.

También me espantaba la tergiversación de la historia para darle sustento a un ideario más flojo que una gelatina olvidada fuera de la heladera, la corrupción espantosa de la cual tomé conocimiento –como todos– ni bien asumieron, pero de la que no me pude abstraer nunca. Me espantó el estado de guerra permanente por cualquier cosa. O la patriada por el orden de los canales de televisión en la grilla. O el uso de la palabra soberanía para cosas que no le cambian la vida a nadie.

Me horrorizó el manejo de las relaciones internacionales, los cadáveres de ajustes narcos premium y el asesinato de un fiscal de la Nación. También me arruinó de tristeza que, por el amiguismo entre un par de empresarios y el gobierno, más de medio centenar de personas no estén más entre nosotros porque murieron aplastadas en un tren oxidado, pero hermosamente pintado.

Me piden ecuanimidad cuando participé en todas y cada una de las marchas en contra del kirchnerismo. Tengo testigos de hasta cómo corté el tránsito en varios semáforos por la 9 de Julio mientras con mis amigos nos acercábamos al Obelisco bajo el sol abrasador de la tarde del 8 de noviembre de 2012. Sin banderas partidarias, sin representación. Técnicamente, cometí un delito por interrumpir el tránsito. Y lo hice antes, lo hice después y es probable que lo haga nuevamente.

¿Qué ecuanimidad me piden si está claro lo que pienso? Cambié de parecer en miles de cosas, en muchas lo hice varias veces, pero aún desconfío de cualquier caído del catre que me proponga un imposible. Quizá sea porque aún pagamos las consecuencias de la última vez que escuché a alguien proponernos un sueño.

Tengo las gónadas reproductoras al plato con eso de poner la lupa constante sobre cómo nos comportamos todos los periodistas. Las redes sociales nos sirven para amplificar nuestra producción y nos obligan a la devolución crítica que no todos se bancan. Pero, al mismo tiempo, permiten que cualquier persona se sienta con la autoridad suficiente de afirmar que dijimos o callamos algo porque tenemos un interés de dinero.

Obvio que muchos lo hacen por plata. ¿Pero a este puerto perdido vienen con el barquito del dinero? Hago un culto de mi vida privada pero mi poder patrimonial está a la vista de todos. Incluso debería generar alguna sospecha que este sitio no cuente con un solo banner de ni un solo municipio, ni nunca lo haya tenido desde el primer texto publicado hace más de quince años. ¿No ven cómo paso la gorra al final de cada texto?

Absolutamente nadie es santo de mi devoción si se dedica a la política por razones elementales de comprensión del ecosistema en el que debe desenvolverse. Pero resulta que soy tan pelotudo que confío en la memoria de los demás cuando la mía me juega malas pasadas.

Esta semana un conocido virtual me recordó la oleada de puteadas que me comí cuando publiqué una nota con críticas a la aplicación del reconocimiento facial en el país en el que los datos y la privacidad tienen la misma protección que una mochila olvidada en un colectivo. La persona que impulsó esa medida fue Patricia Bullrich.

Grande fue mi sorpresa cuando, entre los numerosos tuits de personas que me insultaban por, aparentemente, estar a favor de los delincuentes, encontré a algunos sujetos que hoy pasan muchas horas al día dedicadas a la agresión a cualquiera que no se arrodille ante las fuerzas de la tropósfera. Obviamente, hay otros que solo manifestaron su desacuerdo respetuoso y nunca perdieron los modales, pero no es de ellos que hablo y ya me harta tener que aclarar y autocensurarme cada dos oraciones.

Aún creo que es más respetuoso capacitar para la captura de personas en vez de rankear en la cima de los países con mayor cantidad de cámaras y policías por personas, aunque imagino que debe ser una paja abordar el tema. Supongo que habría sido esperable que hubiera recordado este tema antes de atreverme a decir nada. Mala mía. La próxima lo aclaro y le pido disculpas a todos los que me putearon por no estar de acuerdo con una medida de Bullrich y hoy le gritan borracha asesina.

Claro que pueden cambiar de parecer de 2018 a esta fecha. Lo que realmente me intriga es qué los llevó a cambiar de parecer del año pasado a hoy. Porque si se tratara solamente de una propuesta superadora, no tendría sentido que insulten a quien glorificaban. Si solo fuera una cuestión de visión económica, tampoco tiene sentido que jueguen la carta del pasado montonero cuando ese comodín estuvo siempre en la mesa y no les importó hasta ayer.

Me sorprende la carencia total de noción del otro, de percepción de que hay más seres humanos por fuera del metro cuadrado que habitamos. Personas que se dedican a otras cosas y que no son registradas. Es como si la energía eléctrica llegara a casa por un pase mágico entre el pago de la factura y el interruptor. O si al pedir un plato de comida, es un alquimista quien mueve sus dedos para que esa milanesa napolitana llegue a la mesa y no una cadena de producción de más de mil personas.

Las sucursales de los mayoristas en el conurbano explotan de personas a tal punto de que cierran sus puertas a las 21.00 horas y queda gente adentro hasta la medianoche. No son cuevas ni desarman plazos fijos. Es gente que hoy anhela contar con un paquete de fideos dentro de un par de meses. Podrán empujar la inflación, difícilmente puedan comprar dólares al mismo tiempo.

Personas que no tienen la más puta idea de cómo huele un dólar, de qué carajo es una acción ni de qué hay dentro de una Bolsa de Valores. Sujetos, la inmensa mayoría de los habitantes del país, a los que se les hizo totalmente mierda sus ingresos con jubilaciones mínimas de 80 dólares mensuales. A esta gente, a mí, a varios de ustedes, nos dicen que no ahorremos en pesos.

Ojalá pudiera ahorrar, man.


«–¿Y cómo saludamos?.

–Pues nada; simplemente decimos “buenos días”.
–Si decimos eso nos van a acusar de manipuladores.»

Ah, Forges…

 

Nicolás Lucca

 

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2 comentarios

  1. Me parece excelente lo que escribís, pero no, que hablaras mal de Patricia Bullrich; ¡hay tantas otras personas que merecen ser mencionadas! ¿Ella sabe que escribiste esto?, Escribile después del 22/10.

  2. Ay, Lucca, si quisiera estar más de acuerdo con cada palabra no podría. Es tal cual. Y la primera frase, soy yo cada mañana con el agregado de lágrimas. No paro de llorar cada maldito desayuno. No puedo más. El país somos nosotros, nosotros me tiene harta.

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