Color desesperanza

Hola. Durante demasiado tiempo hice un buen crecimiento en redes –primero blogspot, luego Facebook, finalmente Twitter– basado en joder con el gobierno y la realidad de nuestro país, la bendita y maltratada República Argentina. En buena medida, fui curtiendo mi estilo con el paso de los años y cataratas de textos sobrecargados de sarcasmo. Y nunca hice plata al respecto hasta que me puse serio, con lo cual, no puedo decir que lucré con la joda.

Sin embargo, he procurado apelar al humor en situaciones catastróficas, como lo fue la inundación de La Plata en 2013. Si hasta se cuela algún que otro chiste en mi minuto a minuto de la noche en que hallaron asesinado a Alberto Nisman. A veces no son chistes, simplemente es mi forma de expresarme. El sarcasmo, después de todo, es el refugio de los tímidos. Y yo soy profundamente tímido.

Desde mediados del año pasado tengo una idea que me ataca varias veces por semana –sobre todo cuando me siento frente a la hoja en blanco– y que quisiera exorcizar de una vez: me cuesta cada vez más sumarme a la ola de mierda. Este último sábado volví a notar que me costará. Publiqué un texto a primera hora para el cual había leído muchísimo, repasado, pulido y demás. Recibió apenas un quinto de la atención que tuvo el que escribí por la noche y en veinte minutos con boludeces sobre Guzmán.

Cuando en noviembre de 2012 escribí una columna llamada “Somos nosotros”, no me conocía nadie. Literalmente: era un usuario y escritor anónimo. Solo un puñado de personas sabían mi nombre, muchas menos mi cara. Terminé en Radio Mitre, desde un locutorio, y con un nombre falso.

Entre los que entonces nos llamábamos “blogueros” nos preguntábamos cuál era la clave de ese fenómeno de lecturas. La explicación la dio el más veterano y curtido de ellos, de quién copié prácticamente todo en mis inicios y que, por cuestiones personales, prefiere seguir en el anonimato: hablamos de lo que la gente necesita que se hable y los medios tradicionales siguen otra agenda. Creo que en realidad dijo “siguen en la pajereada”, pero queda más académico el primer término.

Con los años comprobé que tenía toda la razón del mundo.

El tiempo pasó y la irreverencia se mudó a los medios tradicionales de forma controlada y prefabricada. No es una crítica a los medios, después de todo es necesario adaptarse. Pero en algún momento algo se torció y, de pronto, es negocio la angustia generalizada. Ni siquiera es algo nuevo, solo que en su versión original fue condenado. Y lo olvidamos.

Corrían los últimos meses del año 2001 cuando en el programa Después de Hora, en América TV, cada medianoche se ponía el riesgo país en tamaño cartel luminoso. Nadie comprendía qué significaba, pero nos quemaban la cabeza a la hora de ir a dormir. Casi siempre el programa mechaba un “hasta cuándo”.

El 19 de diciembre de ese mismo año, mientras intentaba sobrevivir al horror del tránsito entre saqueos, piquetes, camiones volcados y vacas que circulaban de contramano por la Panamericana sin que nadie les hiciera una multa, por la radio escuchaba a un periodista estrella dado al arte de angustiarnos con todo lo que no podíamos solucionar. Yo no era periodista, apenas era un pinche en una mesa de entradas de un Juzgado en el conurbano, pero recuerdo que en un momento grité “basta”. Y no lo digo de forma figurativa: grité, grité tan fuerte que mis ojos comenzaron a lagrimear y la angustia me desbordó mientras manejaba.

No es ninguna novedad que he atravesado tratamientos por depresión. Ese diagnóstico, lejos de condicionarme, me llevó a ver la vida con otros ojos. No me queda otra. Y puedo detectar a un sociópata a kilómetros. En cuanto comienza a hablar y quemar cabezas, cambio de dial, o de canal, o me voy a leer o escuchar música. Si quiero angustiarme, puedo hacerlo solo. Y me sale bien. Mirá si te voy a delegar esa función.

En 2019 me encontraba en Londres en un viaje de estudios cuando comenzó la última corrida del dólar posterior a las PASO. La escena era imposible de no resultar graciosa: estaba parado en una esquina rodeado de todos mis compañeros de estudio –cada uno de ellos de un país distinto– y tenía abierto un portal en el celular. Cada vez que lo refrescaba el dólar subía y ellos no podían creerlo. La lejanía me angustiaba aún más hasta que una colega periodista de Serbia me preguntó cuál era el sentido de que un medio hiciera eso.

–¿Qué cosa?– pregunté.
–Tener en primera plana y con letras tan grandes el seguimiento en vivo de algo por lo que los lectores no pueden hacer absolutamente nada.
–Es información– respondí.
–Informar no es paranoia. Podrían decir lo mismo, desarrollar para quien le importe y aconsejar. Esto es asustar.

La miré con la cara más porteña que se podía conseguir en el condado. Esa misma noche compartí una larga charla regada con abundante cerveza roja. Me contó lo obvio: que creció en guerra dentro de un país odiado por todos los que lo rodeaban y que, durante casi toda su vida, los medios oficiaron de pantalla oficialista para instalar el relato de que Milosevic no era un genocida, sino un patriota.

Y ella terminó por trabajar en los medios. Por primera vez –y sin quererlo– alguien me explicaba cómo este tipo que escribe, que venía del Poder Judicial y de distintas áreas legales, había optado por el periodismo que tanto le había quemado la cabeza.

No me causan gracia las crisis terminales. Ya he contado que crecí en un contexto en el que, por más burbuja que pusieran mis viejos, no podía evitar notar que nos faltaban cosas en plena crisis hiperinflacionaria. Una crisis que duró años. Demasiado tiempo para un niño.

La crisis de 2001 me angustió de sobremanera. Y lo que vino después no lo recuerdo con cariño ni con nostalgia. Soy el único idiota que aún sostiene que nunca salimos de aquella crisis, sino que tan solo fue el inicio de una aún más larga que recién ahora, a más de veinte años, termina de manera estrambólica y con un final que todos dicen que es impredecible. Pero porque nadie se anima a espoilearlo.

No puedo sumarme al coro de la desgracia. Quizá sea por empatía por quienes están peor que yo, quizá sea por autopreservación de saber que es cuestión de tiempo o suerte que yo termine del mismo modo. No lo sé, pero no me sale. Me puedo reir del gobierno y recontra mear de risa de lo que pasa. Pero no puedo relatar una y otra vez lo mal que estamos y lo peor que estaremos con un tono angustioso. Ya lo sabemos. Lo sé yo, lo sabés vos, lo saben todos y no es una opinión sino un dato comprobado por cualquier encuestadora: 8 de cada 10 argentinos dice que esto terminará peor de lo que ya está.

¿Cómo hacemos para, en ese panorama, pegarle en la nuca a la gente para que preste atención a que la pasa mal? ¿Qué pretendemos con eso si no tenemos el coraje de hacerlo nosotros? Ese “organicémonos y vayan”, tan propio del argentino, suele irritarme. Hoy me da tristeza y vergüenza ajena. Quizá porque yo sí salía a las calles. Quizá porque yo sí tenía miedo de terminar muy mal.

Por otra parte, no quiero olvidarme de remarcar algo: esto es una página personal. Nadie me paga antes de publicar, nadie me da órdenes ni me fija una línea editorial. ¿Desde cuándo es normal que un editorialista en relación de dependencia se comporte en su trabajo como un tuitero? Si quieren le decimos irreverencia. Creo que antes le llamaban amarillismo, el show de la política, quemacocos.

Pero a mí no me sale. Puede que alguna vez sí, pero ya no tengo veinte años ni mi vida se centra solo en mí.

Durante años odié la canción Color Esperanza. Musical y líricamente aún me parece simplista, pero odiaba su significado de “todo estará bien” en medio de la hecatombe. Recién hoy dimensiono el por qué de su éxito: mucha gente necesitaba que, aunque fuera mentira, le dijeran que todo estaría bien.

Hoy siento lo mismo. No sé si es una expresión de deseo, si me convertí en un pelotudo optimista o son los efectos de la Venlafaxina, pero les dejo una frase que mi Babi solía repetirme en 2002: Esto también pasará. O, como la había aprendido ella: Gam zeh ya’avor.

Obvio que pasará. ¿Acaso esperan otra cosa del mejor país del mundo? Solo acá podés quebrar y levantarte una, dos, mil veces. Somos el país del eterno retorno. Y de esto y de todo lo que venga, saldremos. Lo sé. A pesar de todo, con dolor e incertidumbre, saldremos. Y, convengamos, he errado pocos pronósticos.

Ahora, para arrastrar al suicidio al angustiado, no cuenten conmigo. Aunque no entre a leer ni el loro y me cague de hambre. Para matarnos de risa de todo, estoy en primera fila.

Eso es todo. Nos leemos el sábado.

Nicolás Lucca

 

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