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Elige tu propia grieta

Elige tu propia grieta

Dicen que ninguna noticia buena es vendible. Este argumento siempre tuvo su correlato en el arte, como que las mejores canciones son de desamor. El propio John Lennon dijo que nada funciona mejor que el desamor en una canción. Cuando Woman llegó al tope de los rankings, Lennon no pudo enterarse de que una canción de amor positiva le resultó exitosa. Y no pudo porque, unas semanas antes, un hijo de puta le metió cinco corchazos por la espalda.

En el delirio de justificaciones para su accionar, Mark Chapman cuestionó que Lennon se “apartó” de su faceta quejosa de protesta, que ya no cantaba para cambiar el mundo. Y en realidad Lennon no cantaba hacía como cinco años, apenas se encontraba de vuelta en eso de componer y sacar discos. ¿Por qué? Porque eligió dedicarse a la familia. O sea: lo que Chapman no toleró fue que Lennon quisiera ser feliz y se sintiera un pleno padre de familia adinerado y apenas reconciliado con su historia y su fama. Proféticamente, a Lennon la felicidad no le trajo un buen resultado.

Lo sé, es un caso extremo. Pero hay gente que no puede ser feliz y pretende que otros tampoco lo sean. Es el punto culminante de aquella teoría que dice que el argentino no pretende lo que el otro tiene, sino que se conforma con que el otro deje de tenerlo.

Todo esto viene a cuento de que soy un fan de la grieta aunque no deja de causarme gracia todos los análisis que se hacen sobre ella. Si consideramos que una grieta es una contraposición de posturas respecto de determinados temas, en otros países le llaman debate democrático, sustento base para el progreso de las naciones.

Si las diferencias son más profundas, ya no hay grieta, ni abismo ni nada: no existe punto de contacto entre quienes pretenden un sistema de económico y político, y quienes pretenden otro. Es como tratar de encontrar un punto medio entre los que pretenden la pena de muerte y sus opositores. Nadie puede estar medio muerto.

Por otro lado, convengamos que aquellos que se encontraron con la grieta recién en 2008 o 2009 es porque vivieron en estado de gracia o en otro país. Acá se pudrió todo desde el día uno y se apeló a la confrontación ideológica cuando solo había que administrar un país en medio del mayor contexto sojero de la historia de la galaxia.

De un tiempo a esta parte he visto cómo las divisiones –no, grietas, no– se dan puertas para dentro de espacios que parecieran no contentarse con llegar al Poder. Durante todo el período 2003–2013 recuerdo una imagen repetida una y otra vez: el miedo a ser gobierno. En las elecciones legislativas todos encontraban puntos de coincidencia para alianzas estrambóticas que llegaron a incluir a Mauricio Macri con Felipe Solá.

Sin embargo, cuando llegaban las presidenciales, unos se bajaban, otros rompían, que no es momento, que no nos vamos a quemar ahora, que las encuestas dan para atrás. Pragmatismo absolutamente lógico. Nadie quiere jugar a perdedor en el país que tiene dos curiosidades: ningún gobernador bonaerense ha llegado por el voto popular a la presidencia y ningún candidato perdedor de una presidencial ha logrado ganar el premio mayor en otras elecciones.

Contaba que muchos artistas, músicos y poetas sostienen que desde lo malo surgen más cosas productivas que desde lo bueno. ¿Quién entraría a leer una nota en la que está todo bien? Es un mecanismo instintivo en el que solo capta nuestra atención aquello que debe captarla, eso que necesita advertirnos de algo para prevenirnos de un mal.

Y cómo garpa. Al no jugar Cristina de forma directa, en estas elecciones se vuelve a repetir el escenario de 2015. Con el agravante de que, ahora, las diferencias están dentro de los propios candidatos de la oposición. ¿Con quién será más fácil vender noticias? Porque ese es el negocio para quien no quiera vivir de la pauta del Estado. Y esa es la pregunta que todos se hacen o deberían hacerse hoy.

Por otro lado, existe un factor imponderable que casi ningún analista pareciera tener en cuenta a la hora de evaluar la construcción del Poder: la cantidad de personas que viven de un sueldo del Estado y que, por básico sentido de pertenencia, siente que el Estado tiene un dueño correcto. No existe reforma laboral o del Estado que pueda ir contra el principio básico de estabilidad y carrera administrativa. El problema aparece cuando un mismo signo político gobierna por demasiado tiempo.

La gobernabilidad también es que los actos administrativos se cumplan, que los docentes no bajen línea, que los discos rígidos no se arruinen, que las fuerzas de seguridad no hagan de las suyas, que no se pierdan expedientes. No se trata solo de funcionarios tan copados que formatean sus computadoras antes de retirarse a sus domicilios.

Son demasiadas las aristas a controlar desde el Gobierno como para suponer, inocentemente, que una sola persona podrá con todo desde el mismo momento en que le colocan la banda. Y hablo solo del funcionamiento mínimo. Si encima quieren llevar adelante un cambio de paradigmas, no hay forma de hacerlo por las propias. Vamos, que ni Cristina pudo hacer todo lo que quiso. Mucha cadena nacional, pero no pudo cargarse al Consejo de la Magistratura ni instalar su Ley de Medios. ¿Por qué? Porque la frenaron.

Nadie tiene jamás todo el Poder. No en nuestro sistema, aunque lo parezca. Algo sobrevivió en nuestra Constitución que permite que exista una infraestructura institucional que lo impide. Nos podemos agarrar mil pestes, pero nunca morir. Salvo, claro, que algo se sostenga demasiado en el tiempo como para que todos se pongan de acuerdo para generar las bases de un nuevo sistema. Para eso no hace falta una mayoría, alcanza con que la mayoría esté dividida en pedacitos.

Es por eso que me pregunto cuál es el motivo del chiquitaje. Son demasiadas las queridas personas a las que vi sentadas a las mismas mesas que hoy están en veredas opuestas. Y no están en diferentes alianzas. Ni siquiera están en diferentes partidos. Se tiran con todo dentro de los mismos partidos. Se justifica lo que haya que justificar y se traga el sapo que haya que tragar. Y se me escapa el motivo. Salvo aquellos que van por un puesto, no entiendo la dinámica del resto. O no quiero entenderla, quizá.

La ciudad de Buenos Aires fue y es la principal fuente de alimento de personas que hoy se tiran con misiles. Compiten por listas, pero todos tienen cuenta sueldo en el Banco Ciudad. Ellos, mejor que nadie, saben –y lo repiten– que una vez superadas las PASO nacionales, acompañarán al que gane. Sin embargo, nadie quiere bajar un cambio en sus declaraciones, como si disfrutaran de ver cómo la conversación en redes sociales vive en rojo.

La disputa por la ciudad, en cambio, juega en otro plano. Todos dan por sentado que el radicalismo no compartirá los cargos esenciales. Es como si fuera una venganza hacia la gestión presidencial de Macri, en la que el radical de mayor peso era Aguad, un día sin entender de Telecomunicaciones, otro día sin entender de Defensa, y resistido por sus propios correligionarios.

Y en el PRO saben bien que el acuerdo sellado entre Rodríguez Larreta y Martín Lousteau no habría ocurrido si se hubieran tomado la molestia de construir un candidato votable, si hubieran tenido ganas de fomentar nuevos liderazgos, un problema crucial en todos los espacios políticos de la Argentina.

Son esas clases de cosas que por no querer verlas en su momento, molestan después. Rodríguez Larreta es el mismo que fue Jefe de Gabinete de Macri durante ocho años. Hoy molesta a un sector. Patricia Bullrich es la misma que fue ministra de Seguridad de Macri durante todo su mandato presidencial. Hoy molesta al otro sector. No dentro de la alianza: dentro del mismo partido.

Desconozco el sistema neuronal de quienes logran alcanzar consensos. Todos los que hemos pasado por un divorcio controvertido tenemos la sensibilidad al palo y, para nosotros, el consenso es que nos dejen respirar y que, cuando terminemos abrazados a la almohada, única propiedad que nos quedó, no nos la vengan a quitar junto con las latas de atún de las cuales nos alimentamos con cuchara. No hay consenso para las visitas, ni para la tenencia, ni para la división. Y cuando esto ocurre, en última instancia aparece Su Señoría y dice “ok, anoten cómo se manejan de acá en más”. Eso no existe en política. No hay un juez que venga a decir cómo se tienen que repartir los ministerios. Ni siquiera hay uno que pueda decir que 23 ministerios es demasiado.

Por eso mismo es que no me encuentro en condiciones de juzgar a nadie que no desee alcanzar consensos porque jamás podría con determinados sujetos, esos que sólo Dios sabe qué serían capaces de hacer si les garantizaran la impunidad. Pero es precisamente por eso que no puedo dejar de amargarme cuando veo, leo y escucho a gente curtida revolear cosas como si nada. Ya tienen el suficiente camino recorrido como para saber que solo hay algo que nunca se puede saber: con quién hará un acuerdo un político de acá a una semana.

¿Qué fue lo que hizo que Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau formaran una alianza luego de enfrentarse en las urnas? ¿Qué hizo que Patricia Bullrich se convirtiera en sinónimo de Mauricio Macri cuando lo enfrentó en las urnas? ¿Cómo hacemos para digerir que un candidato acuse de narco a otro y después de perder diga que está todo bien?

En 2013 llegaron al Congreso de la Nación Soledad Martínez, Gladys González y Christian Gribaudo. Iban en la lista encabezada por Sergio Massa. A nivel municipios, el PRO metió el primer puesto de las listas del Frente Renovador en Vicente López, San Antonio de Areco, Punta Indio, Quilmes, Bragado, Carlos Tejedor, Chivilcoy, Viamonte, Partido de la Costa, Las Flores, Madariaga, Juárez, Laprida y Bolívar. Massa ya era Massa. Era tan Massa como hoy.

Pasaron diez años. ¿Qué nos hace pensar que esta alianza con el radicalismo será siempre un mar de concordia si Julio Cobos y Alfredo Cornejo hoy tienen más o la misma autoridad que Gerardo Morales o Ernesto Sanz? Unos jugaban al oficialismo hasta que no quedó otra, otros nunca estuvieron ni cerca.

Todos somos puristas con el diario del lunes. Y las redes ayudan a que las conversaciones sean cada vez más cerradas. El mundo se ha llenado de tertulianos en mesas de cafés virtuales. Perciben al universo de una forma correcta porque todos con los que hablan lo ven igual. ¿O se hablan entre ellos sólo porque lo ven igual?

Hay gente que defiende cosas que no le perdonarían a nadie, personas que dejan pasar elefantes hacia sus garages mientras utilizan microscopios para encontrarle algo al de enfrente.

Y mientras todo esto ocurre, resulta que del otro lado hay un grupo de profesionales del Poder que no tienen drama en humillarse con tal de conservarlo.

Sí, todos sabemos que después se encolumnan de todos modos y que el famoso límite personal cambia de parámetro como en el boliche a las 4 am. Pero después hay que sostenerse en el tiempo con un universo de sujetos que pasaron a odiarse de a poquito pero durante tanto tiempo que ya no tienen conciliación que frene.

¿Cuál es tu grieta? ¿Dónde está ese límite que no cruzarías jamás?

La actividad económica volvió a caer. No a bajar: a caer. Cada vez que pensamos que no podemos estar peor, viene un nuevo dato y nos pisa un poquito más la cabeza. Una familia porteña, en la ciudad más subsidiada de la Patria, necesita de 364 mil pesos en julio para formar parte de esa bendita clase media. Esto sin tener que pagar un alquiler, algo que aún no entiendo cómo mierda no meten en los cálculos, si un tercio de la ciudad alquila. Casi 180 lucas mensuales para un tres ambientes. Eso o que los gurrumines duerman con los papis.

Se estima que todavía quedan entre 40 y 50 puntos de inflación pisadísimos por sobre los 150 puntos interanual con los que cerrará este 2023 desastroso. Si se liberaran de un tirón las variables pisadas, podemos calcular una inflación de 25% o más durante un par de meses. ¿Ya pensaron cómo vamos a hacer mientras nos someten a una discusión de qué representa mejor los valores de cuál espacio? Y eso sin tener en cuenta que el dólar también recibe esa presión inflacionaria. Es como un viaje a la infancia.

Yo también me lo pregunto, sobre todo cuando veo los resultados electorales que contrastan de forma absolutamente indirecta con la conversación que veo en redes sociales.

Dicen que el dolor transforma, que del dolor nacen las cosas nuevas, que hasta la vida llega con dolor. También dicen que para pensar necesitamos silencio. Vivimos en medio del ruido, no hay tiempo para que nuestra cabeza pueda procesar tanta información provista por los medios o por nuestros contactos, o por todos a la vez.

Estamos en un momento doloroso. Es una crisis que duele en el bolsillo y destroza el alma de todos los que sienten que la vida se les va y no consiguen alcanzar un solo sueño. Muchos se ven beneficiados de este dolor colectivo. Muy beneficiados y no hablo solo de la política ni de los emprebendarios. Y también estamos en un momento de demasiado ruido. Dolor y ruido se anulan mutuamente para que todo siga igual de conflictivo.

Por lo pronto, tan sólo espero que todo este pésimo clima de época derive en un hitazo histórico.

De los buenos hitazos.

 

Nicolás Lucca

 

 

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2 comentarios

  1. «¿Quién entraría a leer una nota en la que está todo bien?»
    Es así? o nos acostumbraron al amarillismo periodístico?
    Es mas fácil redactar o componer o transformar una nota en tono «amarillista»?
    Si es mas fácil «el relato» como contenido de una nota para tapar la verdad, hipocresía pura al fin. (no es el caso de este blog)
    Pero las buenas noticias son difíciles de encontrar pero no porque no existan o no «garpen».
    Tal vez, será difícil despertar interés con notas donde todo está bien a lo que específicamente se refiere?
    Sera que solo miramos nuestro ombligo? porque el interior de nuestro pais existe y pasan cosas buenas, lindas cotidianamente. Quien se ocupa de eso?

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