El fino arte de hacerse el boludo

La semana pasada me dio curiosidad cómo habría impactado la ley para el acuerdo con el FMI. En el buscador de Twitter puse solo tres palabras: “Alberto” “yo” “voté”. El listado, licenciado, no terminaba más de la cantidad de personas que están realmente desilusionadas con este gobierno. Verá que el votante duro me tiene sin cuidado para estas líneas, dado que habrían votado a un calefón si la Jefa lo ordenaba. De hecho, votaron a Alberto, al que incluían en la lista negra cuando cantaban “no pasa nada si todos los traidores se van con Massa”.

Sí me llamó la atención cuánta gente pone “yo no te voté para esto” con quejas a la paupérrima situación económica, o los que tuitean “yo te voté para” seguido de una queja de no cumplimiento. No me da para bardear al que la pasa mal. No he utilizado la palabra polenta ni una sola vez desde que asumieron, quizá porque sé lo que es tenerla como único alimento. Tampoco he utilizado ni una vez la frase “cagar en baldes” para referirme al que no tiene cloacas, tal vez porque conozco el concepto de pozo ciego y su relación con el camión atmosférico.

Ahora, en cuanto al que ocupa el sillón de Rivadavia, qué decir ¿no? El hombre aún no aprende que no puede decir cualquier pelotudez en un acto porque siempre habrá alguien que lo escuche y lo comparta. Tanto recordar a Néstor que se quedó en la era tecnológica del Startac que tenía allá en 2003. El tipo tiró cualquier verdura, como que el viernes comenzaba la guerra contra la inflación. Y alguien lo levantó. De pronto tenía que haber algo.

Debería haberlo visto, pobre hombre, en el vano intento de hilar frases sueltas para no anunciar nada. Para redondear: dijo que la inflación es una maldición argentina. Y yo que pensaba que era una cuestión monetaria. Pero no, el señor dijo que “hemos visto fracasar una y otra vez los mismos planes con consecuencias catastróficas”. ¿Y qué hace? Anuncia que instruirá a sus ministros para que implementen esos mismos planes. Después veremos.

No deja de sorprenderme, licenciado, cómo es que se llegó a ese punto, en qué momento pasó, cuál fue el motivo, razón o circunstancia que permitió que estemos hoy así. Y no me refiero ya a lo económico, sino al circo de mala muerte que se puede observar si prestamos atención, si buscamos para ver dónde están ahora quienes eran nuestros amigos y dejaron de hablarnos hace tiempo, esos con los que nos unía el espanto.

¿A qué me refiero por espanto? A que durante muchos años, demasiados, Néstor Kirchner contó con un blindaje mediático sin igual. Era tan grande que nadie se hacía eco ni de las investigaciones llevadas a cabo por otros medios o periodistas prestigiosos: les hacían el vacío.

En ese espanto coincidimos un montón de personas que no creíamos en nadie, cada uno con su mochila de nostalgia por tiempos mejores que, probablemente, no hayan sido tan hermosos como nos muestra la memoria para protegernos, pero en los que éramos mucho más felices a como vivimos desde entonces.

En sintonía con quienes tienden a pluralizar los sentimientos hasta convertir a la infinidad cultural global en algo único bajo el título de “la humanidad”, desde que estalló la guerra he quedado al borde del colapso anímico cada vez que escuché hablar o cada vez que leí a quienes hasta ayer eran infectólogos. Pero nada me secó tanto las gónadas como el “uno creía que después de la pandemia la humanidad habría aprendido algo”. Putin no es la humanidad, yo no aprendí ni la receta del pan de masa madre, y lo único que puedo sacar como conclusión es que la pluralización de la primera persona resulta mucho más cómoda.

Y yo no soy el que le dijo a Cristina “¿Por qué no manda a la gente de La Cámpora a controlar cómo emite el Banco Central?”, fue el Presidente. Tampoco soy el que le daba micrófono a cada rato. Al contrario, fueron tantas las veces que el hombre dijo “esto con Néstor no pasaba” que hace más de una década que me refiero a Alberto como “la verdadera viuda de Néstor”.

El problema de las elecciones binarias es que empujan a que uno vote por lo que cree que es el mal menor. Gracias a la providencia y a la vagancia del Registro Nacional de las Personas, en 2003 –mis primeras presidenciales– no pude votar. Si partimos de la comodidad que me da decir “yo no lo voté” y “tampoco voté a la contra”, puede que me haya resultado cómodo oponerme desde el día cero.

Y no era fácil, mire usted. Intentaron borrar a Lanata con la complicidad de quienes se aprovecharon de su pésimo estado de salud. Se reinventó, pero le llevó tiempo volver a la cima. Muchos periodistas que por aquel entonces eran de renombre también pusieron la lupa desde el día cero. No es que había que sospechar demasiado, alcanzaba tan solo con desconfiar de cualquier político por el desastre vivido los años previos. Pero el mayor problema, a la distancia, no son los que estuvieron con los Kirchner desde siempre, sino los conversos. Los conversos para este lado de la grieta.

O sea: para los desmemoriados, Gustavo Sylvestre era el partenaire de Marcelo Bonelli en A dos voces, por TN desde 1996 hasta 2011. A comienzos de 2003 Héctor Timerman todavía escribía sus columnas en la Revista Noticias. La foto que ilustra esta nota fue la tapa de Clarín el día que Santa Cristina ganó en 2005. Skanska ya había ocurrido, al igual que la compra de los trenes chatarra por varios cientos de palos verdes, la instalación de una embajada paralela en Caracas y los viajes de valijas. Todas cosas que recién aparecieron mucho, mucho tiempo después. Pero Néstor cosechaba una imagen positiva de 76%. ¿Recuerda que Abatido Fernández llegó a tener 80% de imagen positiva cuando dictó la cuarentena? Qué plato. Ninguno de los comandantes de la resistencia mediática tardía se animó a firmar aquella solitaria solicitada, cuando ya veíamos estas bestialidades que quedaron en el olvido.

Para las elecciones de 2007 volvieron a titular a lo bestia y no fueron los únicos. El Indec ya estaba intervenido. Durante los tres meses previos, en esas mismas tapas se publicaron todas las violaciones electorales habidas y por haber, pero sin inmutarse: aumentan las jubilaciones, liberan créditos personales y para empresas, largan miles de millones de dólares para consumo; todo era tapa, ninguna cuestionada. Y eso que ya para entonces la presión de Néstor Kirchner sobre los medios era insoportable y “nunca antes vista en democracia” como sostuvo Marcelo Longobardi cuando se fue de Fuego Cruzado –América TV– en 2006.

Ok, voy al nudo, licenciado. Cuando la cosa realmente irrita es en ese momento en el que me pregunto cómo puede ser que, sin experiencia periodística, me diera cuenta de que la bonanza era soja y avanzada institucional, mientras los veteranos de los grandes medios miraban para otro lado. Hay gente que hoy levanta todos los fusiles contra el kirchnerismo “desde el día cero”, pero que en su momento dijo que Felipe Solá era el “gobernador más decente” que había tenido la provincia de Buenos Aires y que Néstor Kirchner era, en pleno ejercicio, “el mejor presidente desde el retorno de la democracia”.

Puede que hayan tardado en darse cuenta, puede que recién lo hicieron cuando fueron por ellos. Por aquí ya estábamos en frente y nunca tuve que decir “bueno, pero en aquel momento no había a quién votar” para luego ofenderme por los resultados a mediano o largo plazo. El desastre ya estaba.

Y no era el único. Cuando en 2006 comenzamos a pulular por los blogs, comprendí que no estaba solo, que éramos varios. Cuando en 2008 abrí esta página pude ver las estadísticas y comprender la necesidad de muchísima gente de no sentirse loca, de no sentirse sola.

Pero la verdad es que pocos se oponían en 2003. O en 2004… O 2005, 2006, 2007, 2008. ¿Cuándo fue el caso Skanska? No, licenciado, fue en 2005. Hasta los gerentes de la empresa reconocieron que pagaron coimas y no pasó nada. ¿Cuándo salió la primera tapa contra Julio de Vido en Noticias? En octubre de 2003. No pasó nada.

Para 2005 ya sabíamos cómo funcionaba la Unidad del Sistema Informativo de la Nación Argentina, la USINA. Eran unas 60 personas repartidas para controlar segundo a segundo todo lo que se decía en cada uno de los medios noticiosos. Las “alertas” le llegaban a Néstor, a quien también le llegaban otros informes. Así, Néstor convocaba a reuniones a empresarios y les tiraba comentarios sobre cosas que no tenía porqué saber. ¿Quién era el jefe de la USINA? El Pepe Albistur. ¿De quién dependía el Pepe? Sí, del Jefe de Gabinete Alberto Fernández, el que decía que cuando él estaba con Néstor esas cosas no sucedían. En septiembre de 2006, el diario Perfil publicó una nota al respecto. No pasó nada, mire. Y eso que la titularon “La Gestapo K”.

Los que colocaban a Hadad en el lugar de facho por sus opiniones, hoy trabajan en sus medios. Hadad es la misma persona. O los demás se adaptaron, o los tiempos los obligaron a adaptarse.

Hoy es difícil diferenciar un operador de un estúpido. Antes era fácil, mire: alguien decía una burrada y era un estúpido, el otro decía algo coherente pero ajeno a la realidad, y era un operador. Hoy se puede decir muy suelto de cuerpo que es injusto que un detenido converse con un abogado antes de declarar, que el televidente puede llegar a sufrir una apoplejía en el arduo intento por comprender si el periodista dijo lo que dijo por pelotudo, por no haber sido escolarizado, por falta de fósforo en la primera infancia o porque le pusieron guita.

¿Cómo no entender a los que putean a los periodistas y pluralizan con un “el periodismo”? ¿Cómo no entenderlos si yo también cometo el mismo error cuando hablo de “la política” en general? Y eso que yo no fui el que formó una mesa con Aníbal Ibarra y Néstor Kirchner para luego decir que Kirchner siempre fue igual. Yo no fui el que no quiso leer el Boletín Oficial del 23 de mayo de 2003 y se perdió de saber que se creó Austral Construcciones.

Yo no tuve nada que ver con que los juzgados electorales permitieran que Cristina compitiera por un distrito en el que no vota, ni que Scioli fuera gobernador de una provincia en la que no nació ni vivió. No fui el que abrió esa puerta para que los cargos electivos se repartan por caudal electoral y no por requisitos.

Yo soy el que dijo que Casanello era el menos indicado para investigar a Cristina cuando todos estaban babosos. Soy el que se comió una custodia después de que un chanta que Carrió llevó a la legislatura porteña se enojara conmigo. Yo estoy parado en el mismo lugar, con los mismos valores. ¿Cambié? Mucho, pero los cimientos son los mismos.

No tengo la culpa de que el resto vea montoneros solo donde les conviene y cuando les conviene, no me hice macrista el 10 de diciembre de 2015, menos lo hice luego de pasarme la vida de denuncia en denuncia contra Macri. No creo que el liberalismo tenga un choto que ver con discursos morales dado que aún creo que cada uno hace de su vida lo que se le cante el upite. Tampoco soy yo el que prefiere citar textos bíblicos en lugar de Adam Smith, ni a Paulo Coelho en vez de Churchill, ni a Litto Nebbia en lugar de Perón.

No fui yo quien puteó a Bergoglio y ama a Francisco; tampoco quien amó a Bergoglio y putea a Francisco. No me enamoré a primera vista por una política de derechos humanos que demoró un año en aparecer. No me encegueció esa exaltación como para no ver que se reprimió sin problemas con patotas desde el Hospital Francés, que hubo tiroteos en San Vicente, que matones sindicalistas mataron a militantes de la izquierda.

Yo no soy el que no puede explicar cómo se financia esta página. No soy yo el que pasa de la función pública al periodismo y viceversa sin siquiera darse una ducha para cambiar el aroma corporal. No soy yo el que roba mis notas, no soy el que chorea mis ideas y, obviamente, no soy el que cobra por los choreos que padezco.

Tampoco vendí mi boca ni siquiera en mi trabajo actual, no soy el que se la pasó puteando al kirchnerismo y hoy está en algún ministerio porque se cansó de fracasar en el sector privado. No soy el que lloraba kirchnerismo y hoy arma persecuciones berretas por redes sociales. No uso en mi beneficio ninguna prosapia periodística familiar dado que, preventivamente, no la tengo.

Nunca podría estar al lado de una persona que permitió que se encane a gente inocente. No podría trabajar con personas a las que desprecié, desprecio y despreciaré. No entiendo como muchos pueden hacerlo. ¿Cómo dice? Ah, sí, tienen que pagar las cuentas. Bueno, es un punto.

Me he mandado millones de cagadas, no podría decir ni que tengo la conciencia tranquila ni que sudo agua bendita. Pero en esta no tengo nada que ver, licenciado.

Yo no vi en Alberto a un moderado. Nunca, ni personalmente. No soy un adivino. Recordar su pasado extremista, donde da lo mismo Elena Cruz, Cavallo, las Madres de Plaza de Mayo y Lavagna, ahorra decir muchas pelotudeces.

¿Qué pienso hacer con todo esto, licenciado? Nada, qué se yo. ¿Tengo que cuidarme para que no me quiten los empleos que no tengo? Tampoco quiere decir que no sepa qué hacer en el cuarto oscuro. Después de todo, ya le dije que en 2003 zafé de votar. Desde entonces, mi vida ha sido una deglución de sapos en contra de lo que considero indeseable.

Alguna vez sorprenderá para bien.

¿Cómo? Ok, dejamos acá.

 

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