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Vayan a buscar abogados

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Cortes programados, colas para usar el teléfono público del barrio, nunca saber cuánto va a costar el mismo producto que compramos ayer. Fue la normalidad en millones de familias durante años. Luego pasamos a la anómala normalidad, un entre paréntesis de la historia de la Argentina en el que un teléfono demoraba 24 horas en ser instalado y donde podías tener un frigorífico en el living sin problemas de suministro eléctrico. Si te daba el cuero para pagar la tarifa, claro.

De aquellos años quedan demasiadas cosas a considerar, pero hoy tomo dos. Aquella década que recordamos como normal en realidad fue pequeña: a aquel gobierno le llevó casi dos años frenar la crisis inflacionaria con una política de shock bestial, una motosierra en el quirófano de neurocirugías. ¿Había otra salida? Con el diario del lunes es fácil, pero veníamos de décadas de inflación, crisis de déficit fiscal, devaluaciones y una crisis hiperinflacionaria porque nadie hacía los ajustes a tiempo. Hasta que no queda otra que hacerlo a lo bestia.

En 2007 tuvimos la primera señal de que era necesaria una pequeña corrección económica. ¿Solución? Intervenir el Indec. Desde entonces, todo fue acelerar contra el paredón. A partir de 2015 se intentó corregir de forma gradual. Otra vez, con el diario del lunes es fácil decir qué se tendría que haber hecho, pero es lo que hubo y ya está.

El descontrol de emisión de los últimos años, la falta total de criterio económico y de relaciones internacionales (que van de la mano de las comerciales), y la manía de aplicar medidas inflacionarias, nos lleva a que veamos el punto de no retorno cada vez más lejos en el espejo retrovisor. ¿Sabemos lo que nos espera? ¿Nos bancamos dos años de malaria extrema hasta que se acomode? En la era en la que vemos el programa que queremos, cuando queremos y donde queremos, ¿quién tiene paciencia?

El segundo punto para traer de aquellos años cada vez más lejanos es la pésima calidad institucional, atentados internacionales y voladuras de pueblos. Da la sensación de que la Argentina nunca puede tener las tres cosas a la vez: economía saneada, calidad institucional y orden social. O te comés una dictadura para tener orden, o la pasás bomba en dólares con un gobierno que junta muertos, o te fumás un caos económico con un gobierno institucionalista.

Lo que rara vez ha ocurrido, y debería ser tema de estudio si no habláramos de personajes tan aburridos, es esto de tener los tres factores al revés: economía destrozada, viva la pepa social y una calidad institucional que sonrojaría al dictador norcoreano.

En Más Allá de los Sueños ilustran al infierno como la casa propia, pero dada vuelta. La imagen es potente y todo lo que debería darte seguridad y felicidad genera directamente lo opuesto. Pero hay algo peor: cuanto más tiempo pasa allí alguien que fue de visita, pierde las ganas de salir, se mimetiza con el entorno, se queda en el infierno. Su casa le resulta normal.

La Argentina es el país ideal pero patas para arriba. Un lugar en loop en el que todo tiene que ser de a partes. Si tenemos un presidente institucionalista no puede manejar la economía. Si normaliza la economía es un boludo. Y si le va bien es un delincuente. Nunca todo a la vez, siempre en coitus interruptus.

Esta semana volví a quedarme sin luz. Nueve horas. Según los medios fue el calor. No, no fue la falta de inversiones, ni las tarifas congeladas, ni los precios pesificados de costos dolarizados. El responsable es Dios, digamos, que decidió darle un poco de ambiente a este infierno llamado país.

Lo curioso es que fueron las mismas nueve horas que un día antes tuvo a oscuras a la otra fase del barrio y que al día siguiente volvió a dejarme sin luz otras nueve horas. Entiendo que anunciar cortes programados es pagar un costo político, pero deberían saber que ya no les queda crédito: no hay forma de empeorar la imagen gubernamental. Entonces, por decoro aunque sea, podrían tirarnos la posta de cuándo nos van a cortar la luz como para planificar nuestra vida.

¿Costo político? ¿En serio Alberto piensa en una reelección? Si quisieron un operativo clamor y a Cristina solo le alcanza para ser senadora por la minoría por la provincia de Buenos Aires y garantizarse una estadía en el geriátrico al que llamamos Senado de la Nación. La nueva Menem. O Ménema, como prefiera.

En cuanto a Albert, no solo no le arregló a la jefa el temita judicial sino que destrozó absolutamente todo a su paso. Inflación, tarifas, dólar, seguridad, energía, jubilaciones, salud, educación, poder adquisitivo. No quedó un verso de campaña sin destrozar. Y sumemos mapuches, territorios administrados por narcos, la pornográfica privatización del clientelismo, los acampes, los años sin clases y la fiesta de violaciones a los derechos humanos en todos los rincones de la Patria durante la cuarentena más larga del mundo.

No hubo jubilaciones pagadas con los intereses de las Leliqs y ahora hay bonos en lugar de ahorros en los bancos. No hubo fiesta de consumo, ni bullmarket, ni asado. Con cambios de reglas todos los días y quichicientas cotizaciones de dólar se encontró la forma de espantar hasta al inversor más idiota o garca. Y no quedó nada.

No sé si se entiende, pero lo dejo más gráfico: en cualquier país del mundo se puede comprar la camiseta del último campeón del mundo menos en el país del campeón del mundo. No hay dólares para girar regalías, no hay dólares para importar los insumos. Nos cagaron hasta el souvenir supremo, el dios de los recuerdos, el mayor tesoro de la cultura popular. Nos arrebataron un objeto simbólico, con todo lo que representa el simbolismo para la psiquis humana, pero no creo que hayan leído a Jung. Hubo que explicarles a los niños que no hay camisetas e inventar algo porque la versión real no la entendemos ni nosotros. Nos pincharon la alegría. Y eso es de muy, pero muy mala leche.

No les quedó una sola variable por dinamitar. No hay, no existe un solo punto de la vida económica y social que no haya sido empeorado por esta estrategia judicial de Cristina que algunos han tenido el tupé de llamar Gobierno.

¿La solución propuesta? Más kirchnerismo. Totalmente desconectados de la realidad, mientras Máximo cumple con el rol de estadista en bermudas, le quieren marcar la cancha a Alberto, que ya no está ni para jugar al ping-pong. El fino arte de desconocer cualquier tipo de responsabilidad en el engendro.

Nosotros solo somos una mercancía. Siempre lo fuimos, en cualquier elección y para cualquier político. No está mal que así sea, es cómo funciona el sistema: gana el que más votos tiene y, hasta que surja otra variable, los únicos que pueden dar votos son los ciudadanos.

Algunos se toman el trabajo de cuidarnos aunque sea por egoísmo: si no nos cuidan, votamos a otro. Pero son demasiados los que ya tienen despersonalizado el argumento y nos perciben como una masa: “el electorado”. La desconexión aumenta cuando se le llama “pueblo” al porcentaje de votos triunfante entre los que estaban habilitados para votar y concurrieron a hacerlo. O sea: el pueblo es una de ocho personas.

Sin embargo, con el consenso generalizado de una elección recientemente ganada, el Gobierno no hizo nada por consolidar su poder. Alberto y su mesa ratona decidieron no confrontar a Cristina por temor a que ella no haga lo que igual hizo: pegarles en los tobillos. Contrariamente a lo que todos vemos, han preferido culpar a cualquiera de los errores propios.

La culpa siempre es de otro, nunca de ellos ni cuando gobiernan ellos. Uno se reía cuando criticaban a Menem, pero al menos habían pasado un par de años antes de que voltearan a De La Rúa. Lo que nunca imaginé es ver algo así, en el que el Capitán del Titanic se sube al primer bote salvavidas mientras pide que compremos nuevos boletos, que esta vez sí nos llevará a Nueva York a pesar de los icebergs que colocó la Corte, o la oposición o Magnetto en medio de la ruta.

La culpa es de la pandemia que le tocó a todos, de la invasión rusa, de los medios hegemomononónicos, de la Corte Suprema, de la Suprema Maryland, del clima, del karma, de la insistencia que tiene la gente en comer todos los días, de los extraterrestres, de Mercurio retrógrado, de contar los sueños antes de desayunar, del error que cometió mi querida Fabiola, del surfer, de los que no aplaudían a los médicos desde sus balcones, del que abrió un paraguas dentro de la Casa Rosada, de Carlos de Monte Grande que tiró un sombrero en la cama, de la costumbre de la Dirección de Higiene de barrer de noche, y de todos los garcas que quisieron dejar una piedra en conmemoración de un pariente muerto.

Lo más triste de todo esto es que ya no queda margen para otra cosa que no sea una brutal política de shock y extrañaremos cualquier cosa que ayer nos jodía. ¿Se imaginan la reacción de nuestro totalmente destruído tejido social? ¿Salieron a dar una vuelta por Lugano o por Floresta? ¿Y por el Conurbano, con cubiertas en llamas cada cinco cuadras? ¿Qué hacemos con los nenes –sí, nenes– que te rodean hasta que entregues algo? ¿Qué hacemos con los alquileres, con los salarios, con el morfi y, principalmente, con las ganas de planificar una vida amena?

Los quiero presos. No hay chances de que haya sido sin querer. No hay forma de que alguien diga que emitir como si no hubiera mañana no iba a impactar en este desconche inflacionario del 102,5% con tarifas pisadas. Es imposible que no supieran que firmar paritarias a la marchanta no iba a reventar cualquier previsión. En el mundo hay 200 países que saben cómo afrontar la inflación. ¿Acá no funciona por cuestiones climáticas? No jodamos.

Nunca, jamás, puede existir un ser humano que haya conseguido llegar a un cargo que no entienda que una ciudad asediada por crímenes narcos por más de una década, es un serio problema. No hay ni media chance de no saber que la falta de inversión en el sector energético genera fallas en el servicio. Todo es cuestión de regla de tres simple, tan sencillo como eso: si pagás dos pesos, recibirás un servicio de dos pesos.

No hay motivos para justificar el desastre que hicieron. No hay causal que explique que alguien piensa que no pasa nada en dejarle una bomba de vencimientos al próximo gobierno.

Es como ir a 250 kilómetros por una peatonal: no puede hacerse sin querer. Si Massa vuelve a colocarle los aranceles a los productos tecnológicos para que sus amigos nos vendan Commodore 64 a precio Mac, no puede haber ocurrido de casualidad. No digan que fue sin querer, que yo no fui, que no sabían o que la culpa es de que se detuvo el núcleo del planeta. Cuando se hace todo esto, se responde ante la Justicia y se paga.

Hace ya demasiado tiempo que, bajo el amparo del Estado, cualquiera puede hacer lo que se le canta el ocote y eso debe acabar. Si un funcionario de la Ansés desconoce adrede su labor, el juicio se lo come la Ansés, no el funcionario. El día que todos deban responder económicamente por los daños y perjuicios sufridos por cada argentino demandante, les puedo asegurar que pagamos nuestra deuda externa y la de varios países más.

¿Vieron que Cristina y sus acólitos se la pasan meta taracear con que la Justicia busca generarles miedo? Es un rotundo sí. Es la función número uno de la ley penal: disuadir, evitar que alguien se anime a cometer un delito.

El día que se responda judicialmente por administrar mal a propósito, les juro que ese día dejamos de tener a pelotudos que buscan solo un conchabo en el Estado para sentirse moralmente superiores al resto de los mortales en un país que abolió la nobleza sólo en los papeles: si sos político, tenés privilegios. Y desde hace un par de décadas también gozan de prerrogativas de sangre.

No me interesa solamente que se vayan para que dejen de hacer daño. Quiero que lo reparen. Y si no pueden, que cumplan con lo que les toca, como nos pasaría a cualquiera de nosotros que no contamos con el hermoso privilegio de formar parte.

En fin, Su Señoría, si yo fuera Alberto, más que cargar contra la Corte, me apuro a llenar todos los cargos vacantes de jueces. Usted me entiende.

Nicolás Lucca

 

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