Inicio » Relato del presente » Año Uno del Después
Me hubiera encantado gambetear el tema, pero la semana la tuve atravesada con el impío evento del martes. Suena a poca cosa afirmar que estoy molesto. Incómodo podría ser, pero es un término débil; amargado sería algo más acertado, aunque puede que la mejor definición sea esa nebulosa que flota entre el enojo y la tristeza.
Esta semana me pregunté y pregunté cómo miden el paso del tiempo los demás. Hice la primera consulta luego de que un colega intentó bajarme de mi nube, esas en las que quedamos con la mirada nublada en un horizonte inexistente y comenzamos a escuchar, con eco, una voz de fondo que, al acercarse, pregunta en qué corno pensamos.
—¿Cómo medís el paso del tiempo? —pregunté a, por lo menos, unas siete personas a lo largo de esta semana.
—En años —me contestaron en todas y cada una de las veces, a las que más de uno agregó un «pelotudo».
Mi punto era en referencia a otras mediciones y lo hice saber. Por ejemplo, hace cuántos mundiales ocurrió tal cosa; esto lo hice hace como once kilos, aquel suceso ocurrió tres presidencias atrás, etcétera. Las respuestas fueron variadas e interesantes.
Es que medir el paso del tiempo en años es la forma que mayor consenso ha generado y, así y todo, hemos cambiado el sistema varias veces. Algunos períodos históricos los agrupamos con nombres de las personas más importantes de aquel tiempo, una costumbre que, al menos en los papeles, arrastramos de los romanos. Allí acostumbraban referirse a un período por el nombre del cónsul que les tocó en suerte ese año. Para evitar confusiones en análisis históricos, ponían un conteo con el año uno fechado en la fundación de Roma, pero en lo cotidiano lo medían en personas.
Desde este punto de vista, la partida de Messi puede significar toda una vida para los que tienen determinada edad, o una gran porción de la vida para los más veteranos, o toda la vida adulta para los que tenemos una edad aproximada. Y, sin embargo, uno ve a la nueva camada de la Selección y se da cuenta de que hay una nueva categoría: los que nacieron después del primer Mundial disputado por Messi.
Me irrita saber que haré lo que me irritó de tantos otros desde que Messi anunció su retiro de la Selección. Ya saben, el largo desfile de voces que analizaron la semiótica de la carta de despedida, el gesto de los silencios, la simbología de absolutamente todo. Pero me contengo porque quedé atravesado profundamente por ver la entereza con la que ese hombre de mediana edad puede soltar algo. Yo, que acumulo hasta un mapa parroquial de la peregrinación a Luján de 1995, no logro ponerle punto final prácticamente a nada, ni siquiera a lo que ya no existe. Y ahí está la persona más famosa del mundo con su punto final a eso que lo convirtió en historia viva.
Uno no quiere caer en la bajeza mundana de adjudicar cualidades divinas a mortales mega calificados, pero cómo no creer en los milagros después de notar la precariedad del partido de despedida al máximo héroe contemporáneo. ¿No es milagroso que hayamos ganado tanto con una conducción que no puede organizar un partido de despedida y que logra irritar hasta al homenajeado?
Qué misterio saber lo que será la construcción psicológica de la mente de Messi. No diría que se la envidio porque desconozco cuáles son sus fantasmas y las cosas que sí conozco no se las deseo a nadie. Pero esa entereza para sobreponerse a todo lo que ya sabemos no viene en cualquier envase. Todos podemos hablar de la magia de su fútbol, pero ¿y de su cabeza? Yo entro en ataque de ansiedad cuando alguien me insulta gratuitamente. ¿Cómo hace un tipo así para insistir una y otra vez?
Es conocida la anécdota de cuando John Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesús y del escándalo que se desató –¿cuándo no?– en los Estados Unidos. Luego se jugó la carta del “lo sacaron de contexto” cuando el contexto era el correcto: ¿Qué religión es mayoría en Japón? ¿Conocen a los Beatles? ¿Y en El Cairo, Teherán, Beirut y Estambul? En todas esas ciudades llegó la Beatlemanía. Messi no pareciera pensar en que es la persona más famosa del mundo y que en Bangladesh no saben quién es el Papa, pero sí saben quién es él. Es más, su partido de despedida fue uno de los eventos más vistos en directo en la historia. Cuando digo que es el hombre más famoso del mundo, no es una exageración de un argentinito agrandado: realmente lo es.
¿Cómo se vive con eso en la cabeza?
No pienso entrar en los legados y las enseñanzas de Messi porque todo me molesta y ya parece que viviéramos en un inmenso LinkedIn. En su momento hasta me irritó la historia de que Messi ganó un Mundial porque “nunca desarmó la valija”. Me sonó a costumbrismo argento fácilmente desarmable por el dato de que en Barcelona tiene una de sus propiedades más queridas y cae cada vez que puede. En mi particularidad, lo único que hoy me intriga es cómo se contuvo y se contiene, cómo es que logra tratar a todo el fucking mundo con respeto aunque le inflen las gónadas. Y no hay forma de que camine tres pasos sin que le hinchen las pelotas.
Y es que el respeto es algo tan, pero tan demodé que excede cualquier texto o pretensión. Vivimos en estado de exaltación permanente y no logramos, siquiera, contagiarnos del respeto y la paciencia de Messi. Soy de los que quedó atónito al ver ese show de drones pedorro del que se le fue uno –en serio, vean la grabación y notarán que se les pierde uno en directo y a pasitos del Aeroparque Metropolitano para la alegría de esta Argentina en la que todo sale bien de pedo– y ni que hablar al ver el sponsor. Estábamos ahogados en lágrimas y Sancor Seguros se convirtió en tendencia durante más de treinta horas. En lo particular, el video que más me representó concentró la indignación en un sencillo y escueto “la concha de tu vieja, Tapia” mientras los drones felicitaban a Sancor Seguros por la carrera de Messi. ¿Tanto nos cuesta desconectar y volver a centrarnos en lo que importa? ¿Nos importa? O sea: si vamos a ver un espectáculo que gira en torno a la despedida de una figura, se sobreentiende que esa figura significa algo para nuestras vidas. De pronto nos corren el eje, nos faltan el respeto a los que estamos de duelo, le faltan el respeto al homenajeado y pedimos la decapitación pública de una empresa.
Nos rompió las pelotas porque llevamos demasiado tiempo bajo una organización patética que nos falta el respeto de modo permanente.
Tenía mil motivos para estar caliente y sé que muchos, probablemente, sean compartidos. Soy de los que hizo una cola virtual de horas para no conseguir absolutamente nada. No era para mí y no tenía con qué afrontar más que dos populares y ver cómo cubría la tarjeta más adelante. Puedo entender la imposibilidad por la saturación esperable ante la magnitud del evento. Cuando alguien tiene el cuero curtido por miles de recitales, sabe que es una variable a considerar porque recuerda en cuáles se quedó afuera. Pero una cosa es el tumulto y otra es ver la reventa de entradas a los ojos de todos en mil puntos reales y otros tantos virtuales en la ciudad donde la ley se respeta y el orden se cumple.
De pronto, al acumular las cosas, el respeto se convierte en algo que vale su peso en ausencia: todas las faltas de respeto que nos rodean y que pueden converger en algo tan mundano como un partido de fútbol de despedida. Ahí aparece el que te faltó el respeto al quedarse con entradas, el que las revende, el que estafa, el que no controla, el que ve y no hace nada, el que puede hacer algo y mira para otro lado. También hago un lugarcito en la peor muestra de nuestra argentinidad para los jueces que quieren llegar a ocupar un cargo en la Corte, escriben columnas de opinión cada fin de semana y le regalan un fallo a Tapia dos horas antes del partido de despedida para que nadie preste atención y, por qué no, para el morbo del director de cámaras del partido que se obsesionó con mostrar el llanto de Enzo Fernández más tiempo que al propio Messi mientras el astro daba su discurso de despedida.
Y este texto tiene sentido porque en este país olvidamos todo demasiado rápido. Nos encanta decir que la realidad nos tapa, pero lo cierto es que también nosotros le damos lugar a sucesos que pueden transitar por otra vía solo para no tener que lidiar con lo que nos duele. Así estamos, ya indignados con cualquier otra cosa.
El milagro de Messi fue ser Messi en un país que siempre quiere otra cosa aunque no sepa bien qué, en una era que comenzó con Grondona y cerró con Tapia, en la tierra que cambia de formato de torneo cada tres estornudos y nunca pone uno como el de cualquier otro país. El milagro es haber esperado a esos ex chicos a los que nunca se les cruzó por la cabeza que ese tipo no era lo mejor de la galaxia. El milagro es haber sido él en un país que siempre te compara para que seas alguien más, lo que te coloca en el loop eterno de lo imposible. Su milagro es nunca haber faltado el respeto a nadie y, si alguna vez pareció que lo hiciera, las repeticiones mostraron que solo contestaba a una falta de respeto previa.
En un momento en el que seguiremos viendo millones de publicaciones falopa con “las enseñanzas de liderazgo” o “todo lo que Messi enseña para nuestras vidas”, espero que alguien se atreva a tocar el tema del respeto en una era absolutamente irrespetuosa con todos. Mostrar que si no te validan, el problema es ajeno, que los pingos se ven en la cancha y no puteando a todos porque no te aman lo suficiente.
Por eso me molesta que digan que es nuestro mejor representante. ¿En serio?
Entre agosto y octubre de 2007 se emitió un programa en Telefé llamado “El gen argentino”, cuya premisa era encontrar, por votación popular, quién era el argentino que mejor nos identificaba. Ganó el general San Martín. Evidentemente, los problemas de comprensión lectora los arrastramos desde hace unas dos décadas o nuestra estima es realmente insoportable: no se preguntó quién fue el más grande, sino quién nos representaba mejor. ¿Cuántos San Martín tuvimos como para decir que el General es una buena representación de ser argentino?
Lo mismo se me agita cuando me citan a Messi como nuestro mejor representante. Hay un video que da vueltas en el que se muestra el gesto más repetido de Messi después de cada gol y antes de agradecer a su abuela en el cielo: señalar al que le dio el pase. Puede haber quebrado veinticinco cinturas, haber convertido treinta y dos lumbares en rulemanes y definir con al menos seis violaciones a las leyes de la física, pero el tipo levanta su dedito índice y señala al que le dio un pase cincuenta metros antes de que comenzara a descuartizar caderas.
En 2009, y con 22 años, ganó su primer Balón de Oro. Dijo que sin sus compañeros no lo habría hecho. Al año volvió a ganarlo pocos meses después de Sudáfrica 2010. Dijo que lo merecían Xavi e Iniesta, que estaban con él en el escenario y venían de salir campeones del mundo. Por tercera vez consecutiva ganó en 2011 y nuevamente dijo que el mérito era de sus compañeros y que Xavi también lo merecía. Rompió el récord de ganar por cuarta vez consecutiva: se lo dedicó a los compañeros y, en especial, a Iniesta. Y volvió a ganar el quinto, el sexto, el séptimo y el octavo: siempre a los compañeros y, sobre todo en los últimos, a los jóvenes que lo relevarían.
A nosotros nos gastan por nuestra soberbia. En esa ecuación, mientras el argentino promedio necesita decir que es el mejor del mundo, el mejor del mundo señala a otros. Decir que es el que mejor nos representa es otra falta de respeto a una de las personas más respetuosas que hayamos visto gozar fama. Que el hombre más famoso del mundo sea, a la vez, una persona absolutamente respetuosa, es verdaderamente un milagro. Y si no son creyentes y la palabra milagro no se puede dimensionar, digamos que tamaña humildad es una anomalía impropia. Diría que es impropio del argentino, pero el mundo en general está dominado por irrespetuosos que consideran que la carencia de frenos inhibitorios es una virtud y no un signo de sociopatía.
Ser respetuoso no es igual a nunca calentarse. El boxeo también es un deporte con reglas de caballero. El respeto es reconocer que hay un otro distinto a nosotros y tratarlo con cordialidad sin esperar un beneficio. Lo demás ya entra en la esfera de la individualidad, como esa manía que tantas veces le jugó en contra a Messi: guardar silencio ante las agresiones.
Perdón que vuelva a lo mío, pero este es mi sitio. El llanto del martes tiene la misma causa que mi irritabilidad en los días previos, mi temperamento volcánico del mismo martes y mi bajón de los días posteriores. Messi lleva tanto tiempo en mi vida que cualquier otra medición se queda corta. Son poco más de cinco mundiales, o el doble de la cantidad de años de fama de un gran futbolista. Mastantuono y Flores no habían nacido cuando Messi jugó su primer mundial mayor.
Cuando ves a jugadores de fútbol que triunfan a tu edad, comenzás a sentirte un poquito más grande. Cuando se retira alguien a quien viste debutar, te hacés más viejo. Cuando en su último partido comparte cancha con dos pibes que tienen, literalmente, la edad de tu hijo y recordás esa foto del Mundial 2010 en la que la criaturita tenía una camiseta que decía “Messi”, puede que, además de comenzar a buscar una residencia geriátrica, comprendas que el fenómeno no solo lo fue en magnitud deportiva, en impacto geográfico, en transculturalidad, sino que hay generaciones enteras que vieron esto como una normalidad, aún a sabiendas de la anormalidad.
Está clarísimo que hay una cosa que no he logrado resolver ni con décadas de terapia ni con toneladas de benzodiacepinas e inhibidores de la recaptación de serotonina: el paso del tiempo. Sí, como todos he escuchado que la otra opción es peor, pero habría que ver a quién se la planteamos y en qué contexto. El paso del tiempo es un hola permanente a cosas que debemos conocer y asimilar. El paso del tiempo es un adiós constante a personas que ya no volveremos a ver. Cuando uno tiene asuntos pendientes que se acumulan con el paso de los años, la despedida de alguien pareciera que se lleva todas las llaves para volver a esos lugares a los que no podemos regresar.
El asunto es que, si toda despedida implica un duelo, yo me pondré caprichoso y diré que me importa tres carajos la factibilidad, las leyes de la naturaleza y el paso del tiempo. Hay cosas que no quiero que se terminen, hay gente que no quiero que se vaya y así es porque así quiero, carajo.
Y si tengo que aceptar las migajas que nos quedan porque al mundo no le importa lo que nos duele y prefiere continuar en su manía de girar, al menos que esas migajas sean el trato respetuoso a todos. Que sea imposible justificar una agresión gratuita con un triste “si supieras a quién tenemos enfrente”. Que se haga normal responder en la cancha, que se vuelva una tradición el compañerismo con los pares y la cortesía con los adversarios. Y ese es, quizás, un serio problema respecto a Messi: que consideramos que sus principales características de la personalidad se deban, también, a que es único e inalcanzable.
Me dolió. Y no se me pasa. Pero es un dolor con un final feliz. Creo. O un final, a secas. Y eso, para nuestra historia, no es poca cosa.
P.D.: Yo no suelto.
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