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La alienación total

La alienación total

De entre las millones de preguntas que me he hecho a lo largo de mi vida, hay una que se repite de vez en cuándo. ¿Qué es lo que lleva a que una persona quiera Poder? ¿Qué es el Poder? ¿Para qué desean el Poder?

Hay millones de respuestas filosóficas a lo largo de la historia. Muchas veces el Poder ha sido sinónimo de supervivencia de un pueblo. La guerra constante y el temor a la guerra como método de equilibrio y disuasión. Si alguno de ustedes es o fue fan de Game of Thrones y a la vez conoce algo de la historia de la conformación del Reino Unido, habrá notado la magia de George R. R. Martin. O sea: hubo un período de la antigua Britania en la que existieron siete reinos que fueron unificados por un solo Rey. Quien quisiera conservar la unión debía vivir de la rosca política y el miedo. Y en aquellos tiempos, la rosca política iba de la mano del poderío militar.

También existía una muralla al norte. Una frontera construida por el emperador romano Adriano al darse cuenta que sería imposible conquistar el norte de la isla. Y existió una guerra civil entre dos familias por la sucesión de un trono. Lo que hizo Martin fue contar la historia como sería contada en aquel entonces: los bárbaros como sinónimos de enemigos, feos, incivilizados, fenómenos sobrenaturales para justificar victorias, y demás cosas. Todo acabó como si fuera una masacre con la invasión de los Normandos y una batalla arrasadora el 14 de octubre de 1066.

La existencia de una mitología sobrenatural para justificar un poderío político a temer y respetar ha sido una constante en la política de toda la vida. Sí, aún en el siglo XXI. Sí, aún en sistemas sin monarquías.

Gente que mata por el Poder, gente que daría cualquier cosa por el Poder y gente que no le interesa el Poder y no le queda otra. La historia misma de la humanidad.

En aquellos tiempos no existían Freud, ni Maquiavelo ni influencers de Instagram que te muestran el camino de la vida. Pero hay elementos que siempre estarán presentes: la necesidad de ser superior a los demás está predeterminada por dos factores anteriores, uno de superioridad sobre el resto y otro de mandatos. Puede ser que el padre fuera un hijo de puta, un ser que marcó la historia para bien o un tipo sencillo. En cualquiera de los tres casos, hay una sombra que se proyecta sobre la prole. Puede ser una sombra insoportable que veremos en lo estúpidos que son los hijos de los grandes poderosos desde siempre y para siempre. O también puede ser una ausencia de sombra, algo que generó demasiados traumas en jóvenes que querían sobresalir por encima de las posibilidades de sus padres.

Ya con lo que mencioné arriba se les debería venir a la mente un largo listado de “hijos de” que fueron un chiste para el apellido. José Evaristo Uriburu fue un enorme estadista, su sobrino tiene el triste hito de haber inaugurado la larga lista de golpes de Estado en manos de militares en el siglo XX. En su momento se creyó Gardel. Y si sacamos la extraña excepción de Luis y Roque Sáenz Peña –que confirma la regla– el resto, ya lo sabemos. El hijo de Roca, el hijo de Alfonsín, el hijo de Cristina… Los famosos hijos del Poder.

Decía que hay gente que siente la obligación de ser más que sus padres y otros que son obligados por las circunstancias. Todos sabemos de la situación de Máximo Kirchner, por poner un ejemplo bien actual. Podría aceptar la maravillosa experiencia de vida de Ricardo Alfonsín y dedicarse a comer y beber como un rey con la nuestra hasta que alguien se avive, cosa que nunca pasa.

Pero se vio empujado por las circunstancias a un lugar que nunca quiso. La familia lo empujó, los amigos lo empujaron y todos lo empujaron como escudo para jugar al Poder. Obviamente, el joven de 45 años le tomó el gusto a eso de que alguien, finalmente, le prestara atención. Triste realidad en la que quienes le muestran respeto se dividen entre los que están más traumados que él, los que no saben escribir sus propios nombres sin errores de ortografía, y los que hacen como que lo respetan porque lo necesitan para sus fines personales.

Ahora, en situaciones políticamente normales, en familias “tradicionales”, la búsqueda de Poder se da en las mismas dinámicas. A medida que me pasan los años, veo las motivaciones de gente que fue amiga mía o medianamente cercana y juro que los desconozco.

Por lo que he vivido, el hombre que se dedica a la política lo hace full-time. No hablo del funcionario, hablo del político, que no siempre son la misma cosa. El político no tiene otra vida que la política. Es su motivo de existencia y todo lo que lo rodea es un medio para ese fin y debe adaptarse a ese fin. Los hijos son criados por otras personas. No los conocen más que físicamente, no tienen idea de cuáles son sus sueños o miedos. Sus parejas los odian o están profundamente alejadas. Salvo que formen parte de la misma maquinaria, en cuyo caso los hijos estarán aún más alejados.

Un asado de domingo familiar es una reunión política con la familia de adorno. Un cumpleaños de Quince tiene más compañeros de los padres que amigos de los hijos. A medida que pasa el tiempo, los hijos también abren los ojos a ese universo en el que está genial el poder adquisitivo que poseen, aunque saben que no hay forma de justificarlo. Es lo que hace años he bautizado “Síndrome Kay Adams”, en homenaje a la esposa de Michael Corleone. Detestan eso en lo que el padre de familia se ha convertido, pero ni en pedo abandonan los choferes, la guita y los privilegios.

Solo por poner un ejemplo, hay un ministro de la Nación que no nació, precisamente, en cuna de oro. Hijo de inmigrantes sicilianos, probablemente no haya tenido una sola privación en su infancia. Pero como todo parámetro se hace en comparación, al comenzar a frecuentar las reuniones de la UCeDé habrá sentido que la economía no le alcanzaba. Se casó con la hija de un funcionario nacional recontra mediático. Como toda familia política que se precie de tal, la familia política tampoco podía justificar un ladrillo de la casa que habitaban. Pero eso es deseable.

Porque desde tiempos ancestrales hay una sola forma de tener Poder: con gente que sea capaz de darlo todo por uno. Y desde tiempos ancestrales, hay dos formas de contar con ese tipo de personas: con carisma o con dinero. El dinero es la vía más segura. A todos les gusta el dinero.

Lamento si hiero alguna susceptibilidad, pero hace mucho tiempo que descreo de cualquier figura que quiera llegar al Poder por altruismo. Todos lo hacen para sanar alguna herida narcisista, matar freudianamente al padre, obtener reconocimiento, vengarse de los bullies de la escuela o sentir que hacen justicia con algún grave evento de la juventud, sea propio o de la familia.

Obviamente, también crean una mitología que justifique tanto desvío. Surgen el amor por la Patria, la ampliación de derechos, la vocación de solucionar los problemas a lagente, el llamado de la hora de los pueblos, la voluntad popular, el sumarse para acabar con las injusticias de los que no tienen voz. Movimientos que no se mueven, fundaciones con la nuestra y demás perlas de una historia tan manoseada que ya entra en la categoría de ficción épica. Un lugar donde cualquier acto administrativo es un golpe de Estado, donde el gobierno es la víctima de los hechos de inseguridad y el principal afectado por la inflación. Épicos héroes y tristes rehenes. El libro cambia según el día.

En estos días Cristina Fernández de Kirchner dijo que no será “mascota del poder”. Debería haber agregado “de nuevo”. Porque la línea es muy finita entre la capacidad personal y los intereses familiares. Ella asumió la Presidencia en 2007 porque le gustó la idea. Aceptó ser la mascota de un esquema atroz. Luego se independizó sin desearlo. El resto es historia. ¿Por qué aceptó todo lo que aceptó a lo largo de su carrera política? ¿Qué la motivó?

Renunciar. Justo Cristina Daenerys Fernández, señora de la Tormenta, de la Casa Kirchner, la Primera de su Nombre, La que no Arde, Reina del conurbano, Reina de los Mansos, los Prebendarios y los Comedores de Bizcochitos, khaleesi del Gran Mar de Dólares, Rompedora de Todo y Madre de Dragones alimentados con la nuestra.

Incluso en el renunciamiento hay una enseñanza de rosca política: nadie que haya tenido que remar en política desde el barro renuncia. Nadie. Nunca jamás en la historia de la política argentina. Quizá esa es la enseñanza de Cristina: recordarles a todos que los verdaderos animales políticos son mucho más tiempistas, ambiciosos y no imaginan sus vidas sin poder. Los veía en el Congreso del bebote de mamá corear por Cristina Presidenta justo cuando salió la carta con el renunciamiento. Me habría doblado de risa, pero recién volvía del súper con dolores de bolsillo.

Pero ahí también tienen otra prueba de que funcionan en otra frecuencia. Con todo lo que se fumó Alberto Fernández en estos casi cuatro años, nunca hizo nada. Con la carta de renunciamiento plagada de acusaciones, sigue agachado. Su vicepresidenta va a su canal a hacer que la entrevisten y lo hace quedar aún más en ridículo. Calladito. Cualquier persona que no tenga mente de político amamantado a cargos presenta la renuncia y le entrega este malambo para que se termine de incendiar con ella al frente.

Y así se dan las dinámicas políticas: entre miles de personas que no sobreviven a una sesión de diván. Sujetos que no tienen idea de qué pasó hace menos de un siglo debajo de la baldosa que pisan, pero que dicen que quieren comandar los destinos de la gran Nación que alguna vez supimos ser.

Descreo profundamente de la conexión con el común de la gente por una sencilla razón. Ninguno de nosotros, comunes mortales, soportamos a una horda que nos insulta. A duras penas podemos lidiar con una pelea familiar. Si alguna vez sufrieron de una ataque masivo en redes sociales, sabrán que es una de las situaciones más estresantes que se puedan vivir. ¿Cuántas personas fueron? ¿Diez, cincuenta, cien, mil, diez mil?

Ahora piensen en la dualidad de la imagen del político: positiva o negativa. Si ocurre el milagro de contar con una imagen positiva del 45% quiere decir que hay 25 millones de argentinos que lo odian. ¿Qué mente sana puede lidiar con el insulto masivo las 24 horas, todos los días del año? ¿Quién en sus cabales puede desear un lugar cuyo daño colateral es que lo odien?

No duermo bien porque estoy preocupado. Como yo, muchos. Los problemas funcionan así en personas normales: nos quitan el sueño, nos mellan la salud. ¿Cómo hacen estos sujetos para dormir? Millones de personas los insultan y el problema más pequeño es del tamaño de la Vía Láctea. ¿Cómo conservan las ganas de comer? ¿Cómo sonríen si no pueden salir a la calle?

Finalmente se llega a la alienación total en la que la única forma de supervivencia posible es subir aún más. No hay plan B. Y ahí comienzan las peleas furiosas por ocupar un lugar que nadie, pero absolutamente nadie con los patitos en fila desearía ocupar: acomodar las cosas en un cotolengo en el que todos queremos soluciones a nuestros problemas para ayer con recetas de inyecciones que no pinchen y cirugías que no duelan.

Algunos quedan en el camino y comienzan a elaborar una historia mitológica para sus propias mentes. Fueron heridos de muerte, se retiraron al castillo a curar sus heridas y comenzar la preparación del regreso triunfal al trono que siempre les perteneció porque así lo quiso Dios. O el terapeuta al que no fueron. En ese contexto, no hay adversarios sino enemigos. Externos e internos. Y nunca existieron adversarios en la historia de la política, por más románticos que nos pongamos. Alianzas estratégicas para no perecer y no mucho más.

La vocación de servicio de la mano de la política es un ejercicio que ha quedado en el olvido de algún libro de ciencia ficción. Con total normalidad se escuchan los análisis políticos centrados en el toma y daca, en la rosca, en el “volumen” o “músculo” político. Estrategias de conservación de poder, territorialidad, caudal de votos, voto cautivo, lapicera. Todas palabras que deberían repugnar por una cuestión mínima de relación directa con el ser humano, el ciudadano, como mero número que debe ser capitalizado para un fin.

¿Lo peor? Marcar esta cuestión del párrafo de arriba termina con un interlocutor que nos trata de inocentes, o que no entendemos cómo funciona la política. Sí, la entendemos. Pero si hay algo que entendemos aún más son sus resultados. No me resigno a que seamos testigos de una guerra por un trono como si solo estuviéramos en un foro para comentar nuestras teorías del último capítulo de una serie. No somos testigos, somos los afectados. Y eso es aún peor, porque hasta donde me enseñaron, deberíamos ser los protagonistas.

En las antiguas guerras de sucesiones monárquicas, los primeros caídos no eran los soldados de los señores que aspiraban al trono. Los principales afectados eran los pobres boludos que laburaban, arrasados para esmerilar la voluntad del rival. Saqueados, violados, esclavizados, siempre fueron los primero en caer. Lo curioso es que todos los jefes siempre tenían la posibilidad de refugiarse en un castillo o marchar a otra tierra a prepararse para un retorno triunfal.

Dudo mucho que al primer comerciante o trabajador rural que criticara al sistema le respondieran “sos un boludo que no entiende de política”. Si así hubiera sido siempre, no habrían existido las revoluciones. Esas que nos dieron este sistema que tan, pero tan poco valoramos. Motivos nos sobran.

 

Nicolás Lucca

 

 

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Un comentario

  1. Esto que dices tan bien lo vengo divulgando en mí entorno desde mucho tiempo atrás.
    Las relaciones del humano con el poder (en general, no sólo el político) es muy compleja y se manifiesta en los ámbitos más sencillos de la vida cotidiana.

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