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Lo perdido, lo que podemos perder

Lo perdido, lo que podemos perder

Hay cuestiones que exceden al gobierno, es cierto. Nadie puede prever una catástrofe climática. Bueno, nadie que se dedique a la política en la Argentina. En la inmensa mayoría de los países no administrados por psicópatas narcisistas existen fondos destinados a paliar catástrofes, desde terremotos y tsunamis, hasta huracanes, tifones, inundaciones y sequías. ¿Es el factor humano? No, es la mera supervivencia del conjunto: mantener activa la economía, recomponer la cadena de producción lo más urgente que se pueda.

Este mes cerrará con la inmovilización de 190 mil camiones destinados al transporte de una cosecha argentina inexistente. No se moverán porque no hay nada para mover. Pero los sueldos de esos 190 mil camioneros hay que pagarlos. No se venderá combustible para alimentar 190 mil monstruos, no habrá venta de insumos de mantenimiento. Esto también funciona como síntoma del resto de la cadena, entre los sueldos de los estibadores, las cuentas de los productores, el precio de los alimentos y el dato más alarmante: la desaparición de 20 mil millones de dólares. Detalle extra: los costos del sector aumentaron un 200%.

Podríamos decir que fue algo imprevisto, pero La Niña que nos cocinó al vapor los últimos meses inició su picardía hace tres años. Mil días para prepararse. Mil días para separar un puchito por si las dudas. Nadie tiene mil días de aviso para una crisis. Nadie. Pero vamos a darles el changüí de la novedad: apenas llevamos cinco siglos de registros del fenómeno climático.

En la gestión de la Agencia de Demoliciones Fernández-Fernández no creen en ese tipo de conchetadas como la previsión. De hecho, no registran qué significa previsión social y meten mano a sus cajas como si no hubiera futuro. Bueno, de hecho, hoy no lo hay para los futuros jubilados. O sea: nosotros. Nuestros Pimpinela de la política tienen dramas más serios. Pero ahora se les vino en contra el boomerang de gastar como si no hubiera mañana.

No sé si se dimensiona, pero todo el desastre que vivimos hasta este mes de marzo de 2023, este 102,5% de inflación interanual, este aumento de precios al consumidor que en dos meses sobrepasa largamente al de los primeros tres meses del año previo… En fin, todo este desmadre, lo es sin comenzar a sufrir el peor de los castigos de un gobierno pedorro: la falta de dólares.

Han administrado el país como si se tratara de Los Sims. Imaginemos el Whatsapp del presidente del Banco Central que recibe todos los días miles de mensajes que dicen “Rosebud”, “Kaching”, “Motherlode” y “Klapaucius”. Si usted es más veterano, imagine que para jugar al Estanciero cuenta con una caja llena de billetitos fotocopiados. Puede funcionar para los juegos, no en la vida real.

Quisiera decir que nos ajustemos los cinturones porque se vienen tiempos turbulentos, pero un apretón más al cinto y se nos quiebra la columna vertebral. Cuando me llegan los mensajes de gente que conoce a un funcionario que se quiere rajar a la mierda, me preocupo. Unos temen por el mes que viene, otros por mayo, el resto por agosto. ¿A dónde se quieren ir, hijos de puta? ¿Creen que no vamos a recordar que formaron parte? ¿Acaso suponen que no vamos a darnos cuenta, dentro de unos años, que el pelotudo que sonríe quiso vendernos ser el salvador de la economía con un título de abogado y empeoró todos los indicadores en tiempo récord pero con el silencio de sus amigos dueños de medios?

La mayor de mis preocupaciones aparece cuando hago un arqueo de mis cuentas y futuros gastos. Manías de perito mercantil. Ingresos congelados en medio de un río de lava empujado por actualizaciones de alquileres en un contexto hiperinflacionario, dólar al alza, servicios energéticos pisados y combustibles a precio árabe.

Esta semana pasó un nuevo feriado del que la mayoría de los argentinos no recuerda el motivo. Hasta algún desprevenido pudo suponer que La Cámpora marchó ayer por Santa Fe para celebrar el pase a la final del Mundial de la Inflación. Para cuando entré en la Secundaria, la ministra de Educación Susana Decibe dispuso que los 24 de marzo se llevara a cabo una actividad de aprendizaje sobre la última dictadura. Así fue que toda una generación, los que egresaron entre 1995 y 2003, salimos a la calle con alguna idea. Néstor Kirchner sobreactuó y nos dio un feriado que nadie esperaba en conmemoración de un Golpe de Estado.

En fin, Néstor lo hizo: no hay clases especiales, sino un día de descanso. El resto fue a la currícula ordinaria. Como todo lo que no es extraordinario, pocos lo recuerdan al terminar sus clases. Y no sé si está mal. O sea: hay gente con poder de decisión que cree que aún discutimos sobre unitarios y federales en un país que se dice federal y administra con la billetera nacional. Son aquellos que creen que son válidas las propuestas de un señor nacido en el siglo XIX para administrar la coyuntura de una posguerra de la primera mitad del siglo XX. Tiene lógica que aún quieran asustarnos con algo que pasó hace casi medio siglo.

Este año votan los nacidos en 2007. Explicarles lo ocurrido en 1976 es tan emocionante como si a mi clase 82 nos hubieran hablado de la presidencia de Ortiz. Y nadie sabe quién carajo fue Ortiz. El primer detalle es que vienen a votar en este contexto. Debutan en la vida cívica en un país despatarrado en el piso. El segundo detalle es que, por cuestiones demográficas y económicas, la mitad de los nuevos votantes son pobres. Sí, pobres.

La democracia no es para cualquiera. No funciona así no más. Creer que estamos en un país democrático no quiere decir que funcionen el país ni la democracia de este país. The Washington Post adoptó en 2017 un slogan que reza “la democracia muere en la oscuridad”. Mirá si se enteran que hay países que sostienen democracias que solo generan problemas, graves problemas.

En 2022, Zuban-Córdoba se le animó a la pregunta que nadie hacía: si la democracia había mejorado la vida de los encuestados. El 76% dijo que no. Por suerte, todos ellos aún creen que la democracia es el mejor sistema. Puede que por chipeo, o por vergüenza. ¿Alguien se anima a realizar nuevamente la pregunta y reemplazar terrorismo de Estado por bala a los delincuentes y orden en la calle? Total, ya no hay nadie que nos pueda asustar con problemas económicos.

A medida que pasan los años, los recuerdos se convierten en historias. Ya murió la inmensa mayoría de los niños que pueden recordar la Segunda Guerra Mundial. Sus nietos ya somos padres o tíos de niños que comienzan a votar este año. Para ellos, hablamos de historia, no de lo que vivió el bisabuelo.

En idéntico sentido, es difícil que puedan dimensionar el riesgo de vivir en una dictadura. Pero mucho menos probable es que nosotros, todos, comprendamos que una democracia limitada también es un peligro. ¿Cuántos estamos dispuestos a sacrificar derechos a cambio de que nos garanticen otros? La respuesta es simple: la inmensa mayoría está dispuesta a perder libertad a cambio de obtener seguridad patrimonial e integridad física. Es así hoy y lo era cuando Von Göethe lo puso en boca de uno de sus personajes: “La raza humana es harto uniforme; la inmensa mayoría emplea casi todo su tiempo en trabajar para vivir y la poca libertad que les queda les asusta tanto que hacen cuanto pueden por perderla”.

La democracia requiere de igualdad de oportunidades y de normas económicas previsibles. Pero también requiere de voluntad. ¿Cómo se hace para sostener la voluntad cuando la democracia sólo nos da dolores de cabeza y duelos? Ni siquiera hace falta tener a un señor de uniforme para que nos cague la vida. Singapur es el milagro de la libertad económica que provoca erecciones a más de uno. Y Singapur es un país democrático con un sistema parlamentario. Pero Singapur es un dolor de cabeza para cualquiera que quiera expresar su disidencia con un gobierno en el que el actual primer ministro es el hijo del que ocupó el cargo durante 31 años y aún sigue en el Poder. No hay oposición libre, no hay libertad de expresión, no hay libertad de reunión. Pero viven seguros.

El 24 de marzo es feriado para conmemorar un genocidio o el daño del neoliberalismo, depende de la época. No sabemos si garpa o no. Lo que sí sabemos es todo lo que nos gustaría hacer en un feriado y no podemos. Ya no podemos. Los comercios abren sus puertas, pero no para reivindicar a Videla. Las ventas de los días hábiles no alcanzan. El resto nos quedaremos papando moscas, sin planes que signifiquen grandes hechos.

Hemos perdido el placer. Esas cosas, pequeñas o no, que nos dan ganas de seguir vivo. El cine, por ejemplo. Ah, cuando era chico consistía en toda una aventura. Cada mes sentía la misma ansiedad de Navidad porque sabía que, ni bien cobrara mi viejo, nos íbamos al Atlas Lavalle. Éramos cinco. ¿Hoy quién puede gastar 6500 pesos solo en entradas más el morfi para toda una familia en una cadena de hamburguesas? Tres cajitas felices son, al cierre de esta nota, 4900 pesos. Tres lucas un combo para adultos. 17.500 pesos en una salida, sin contar los viáticos. Y el que crea que cenar en McDonald’s es un lujo, preferiría que deje de leer. A la vez, veo en 11 mil pesos un pasaje a Mendoza en Despegar.

Nótese que no hablo de una gira all-inclusive por Europa: un cine, familia, esparcimiento. ¿Para qué trabajar si no podemos disfrutar de la vida? ¿Para qué esforzarnos si no podemos hacer nada que nos genere placer, esas cosas que nos cargan las pilas y nos dan más ganas de trabajar porque da frutos?

¿Cuándo fue la última vez que te diste un gusto solo porque te pintó sin tener que tarjetear? Contame, en serio: ¿qué cosas hacías con normalidad y hoy no podés?

El esparcimiento es sagrado. Tan sagrado que fue una lucha moderna para retomar algo que por siglos se perdió: el descanso, que no es otra cosa que el boludeo.

De pronto, todas aquellas cosas que eran populares se convirtieron en suntuosas. Invitar a toda una familia a un asado fue una tradición. Fue. Hoy, hasta las achuras son lujo. La pizza fue la comida de pobres por excelencia: un cacho de pan con el puré del tomate que no sirvió para otras cosas y un cacho de queso en el país con una cuenca lechera superior a Francia. Una pizzería hoy es una salida a considerar con antelación.

Todo lo que da placer queda de lado cuando tenemos que sobrevivir. El modo supervivencia económica no permite el esparcimiento, la distracción, el ocio, todas esas cosas que generan, a su vez, la mejores ideas, los grandes avances. ¿Cómo hacés para pensar en otras cosas si tenés toda tu mente ocupada y preocupada en alimentarte o no ir a parar a la calle?

Por suerte ya falta poco para noviembre del año pasado, cuando tratarán la nueva ley de alquileres que impedirá el desahucio de todos los que tienen que renovar con 102,5% –y en carrera con garrocha– de inflación. No es que les chupe un huevo, es que la Corte se niega a renunciar y tenemos prioridades electorales. Igual, tengan cuidado: no vaya a ser cosa que nadie vote donde tiene el domicilio.

Cerramos el año pasado con una pobreza que cruzó la línea imaginaria del 42%. Y eso que no es medida en la totalidad del país sino en ciertos conglomerados urbanos testigos. O sea, no es el 42% de los aproximadamente 45.8 millones de habitantes argentinos, sino el 42% de los 28 millones de encuestados. Estimaciones que extrapolan el resultado a nivel nacional dan que son 20,4 millones los pobres en la Argentina del 31 de diciembre de 2022. El 66% de los niños son pobres. Tres puntos más que el año pasado. Mirá a tres chicos. Dos son pobres.

No hay manera de que nuestra democracia sea plena con este nivel de pobreza e indigencia por una sencilla razón: si uno de cada dos argentinos en condiciones de votar está en la desesperación, difícilmente pueda darse el lujo de apoyar ideas a largo o mediano plazo. La comida la necesita para ayer.

Cuando la necesidad llega al extremo de no poder comer ni dar de comer a tus hijos, cuando los planes ya no alcanzan, cuando la miseria te pisa los callos, no hay muchas salidas pacíficas. ¿Cuáles son las salidas democráticas? ¿Elecciones con tanta división que los de peor imagen pueden conservar el Poder?

La democracia se muere, agoniza en generaciones enteras que crecieron sin un solo logro obtenido gracias al Estado sino a pesar del mismo. Para legitimar cualquier merma de derechos basta con un gran miedo desparramado por un desorden total al que la gente quiere ponerle fin de forma inmediata. Siempre fue igual: lo que antecede al autoritarismo autocrático que atenta contra las instituciones democráticas es una democracia débil, plagada de problemas y que se desfigura poco a poco con pinceladas autocráticas y autoritarias hasta que el paso final es demasiado cortito.

PD para todos: Hablen de los alquileres. Hagan algo, hijos de mil.

Nicolás Lucca

 

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