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Otra última oportunidad

Otra última oportunidad

La obra épica más antigua de la que se tenga registro fue escrita hace unos cuatro milenios. Masomeno: no se sabe bien si fue compilada un 23 de marzo de 3.996 antes de Cristo o algún día de octubre de 3.782, así que el término “aproximado” nos disculpa de tamaña falta de chequeo. Son cinco poemas escritos en una lengua muerta que narra las peripecias de Gilgamesh. A falta de pruebas fehacientes de todo lo narrado, el consenso lleva a creer que hay mucho de mito sobre la figura protagonista. Al menos hasta que aparezcan los restos de Gilgamesh y podamos verificar que su cuerpo era dos tercios deidad.

En aquella pieza literaria –bestseller de su época– ocurren numerosas alegorías a la naturaleza humana de las cuales rescataré dos. En la primera de ellas, Gilgamesh tiene que solucionar el descontrol generado por Enkidu, otra semi deidad que se dedica a hacerle bullying a los pastores. Pragmático, en vez de enfrentarlo, le envió a la puta más sagrada que existía en el condado. Hace cuatro mil años ya se decía que los que se dedicaban a maltratar a todo el mundo lo hacían por malcogidos.

La segunda de las cuestiones que siempre, pero siempre me sorprendió es que, en ese texto escrito en algún momento dos milenios antes de los dos milenios que lleva nuestra era, ya había alguien que se quejaba de la ignorancia de las nuevas generaciones en comparación con la anterior. Pero con todo: hasta la culpa del desastre que se vivía y de las desgracias de la sociedad moderna. Moderna hace cuatro milenios.

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Solo esta anécdota arqueológica debería ser motivo más que suficiente para exterminar todo vestigio de nostalgia: creer que nosotros fuimos mejores solo hizo que los que estuvieron antes se sintieran superiores a nosotros, y nosotros superiores a los que vienen. De ahí a “última oportunidad”, solo un pasito.

El sábado pasado, sobre el estribo y para que el texto no se extendiera hasta el sitio web de al lado, dije que dejaba para otra oportunidad el hartazgo que siento ante el concepto de “última oportunidad”. Los motivos se entrelazan hacia el infinito en preguntas que resumo en solo dos: ¿Última para quién? ¿Última para qué?

Hay un país que salió adelante tras dos bombas atómicas. En menos de dos años había recuperado la mitad de la economía perdida, diez años después de finalizada la guerra, ya había superado la economía previa a su delirio expansionista. Una misma generación vio el cambio y la prosperidad. Así como he contado que hay naciones que desaparecieron por nada, hay muchas que salieron adelante y mejoraron aún después de catástrofes que no pueden ser dimensionadas ni aún con documentales. En esos contextos es que, una promesa de mejora para dentro de medio siglo, puede anular la paciencia en vez de agotarla.

No vengo a hablar de economía ni de historia económica, sino de algo más palpable, que va en sintonía con cambios culturales, con qué nos deposita en el mundo y qué nos manda al tacho.

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Nos encantan las historias épicas de resurrecciones, esas del nocáut inesperado segundos antes de la campana final. Quizá sea por eso que prendió tanto el concepto de “última oportunidad” en un punto que nadie se atreve a preguntar: ¿Última oportunidad económica? ¿Última oportunidad como país? ¿Como qué?

En 2004 un judicial se encontró con la oportunidad de su vida: seis cargos vacantes para juez en Comodoro Py. Ariel Lijo fue, concursó, entró. Tenía 37 años y la suerte de su lado. Se subió a la ola de juicios por crímenes cometidos durante la última dictadura y lo hizo de forma implacable. También fue el responsable de mantener procesado a Alberto Kohan por una causa por la que fue absuelto en el juicio oral. Kohan no es un tipo que caiga bien por su pasado, pero si lo hubieran condenado por el delito del que fue acusado, tenía la condena cumplida una década antes de que se le iniciara el juicio. Y no pasó nada.

Hoy, Lijo es nominado para la Corte Suprema de Justicia de la Nación. No es por desmerecer el cargo de juez federal, pero arriba de ellos hay toda una carrera académica y laboral que requiere mucho estudio y preparación: juez de cámara de apelación, juez de cámara de casación, juez de Tribunal Oral, etcétera.

Fue curioso que, ante la pregunta de Ignacio Ortelli, el vocero del Presidente justificara la propuesta de Ariel Lijo en base a que se necesita un ministro de la Corte que entienda de materia penal. Sobre todo porque a Lijo le revisan las sentencias todos los camaristas de apelaciones, los de casación y, de vez en cuando, los de la Corte.

Además de Lijo, hay otros once jueces federales penales de primera instancia en la ciudad de Buenos Aires. También tenemos cinco jueces de ejecución penal, 90 jueces de tribunales orales nacionales, nueve jueces orales de menores, quince camaristas nacionales ordinarios, siete juzgados de menores, 63 jueces criminales y correccionales, nueve jueces de casación, seis camaristas en lo penal económico, doce jueces orales en lo penal económico, y once jueces de primera instancia en la misma materia.

Hay 136 jueces de Tribunales Orales en todo el país, más unos 73 camaristas federales y 126 jueces federales de primera instancia desde La Quiaca hasta Ushuaia. En total, existen 562 cargos de jueces con competencia penal solo en el ámbito del Poder Judicial de la Nación. Más de la mitad corresponden a personas que han tenido y tienen mayor carrera y responsabilidad que Lijo.

Y todo este listado sin tener en cuenta un pequeño detalle: existen otros 24 poderes judiciales en el país, un centenar de colegios de abogados y más de 200 espacios académicos dedicados al derecho. Aclaro esto para volver al punto de siempre: o no saben o no les importa. Si no saben, averigüen. Si insisten, no les importa.

Por no saber ni haber leído un horóscopo del chicle Bazooka en los últimos cuarenta años, designaron a Mariano Cúneo Libarona como ministro de Justicia. Calculo que alguien les avisó después. Si fue así, a los que toman decisiones no les importaron las razones en contra. Si no fue así, es que a todos les chupó uno y la mitad del otro.

¿Cómo vamos a hablar de “última oportunidad” si vivimos en el país de Mariano Cúneo? ¿Dónde podés rehacer tu vida como si nada hubiera pasado? Only in Argentina.

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Hay imperios que desaparecieron por una peste. Del mismo modo que machaco y repito hasta el infinito que no hay que dar por sentado todo lo que tenemos porque la historia está conformada por miles de países que nacieron, crecieron, mandaron y desaparecieron; también voy al otro lado del mostrador y bajo mil cambios. Y no es una cuestión de no ponerme de acuerdo conmigo mismo, que para eso están mi psiquiatra y mi terapista. Los motivos que llevaron a países imperiales a desaparecer son mucho, muchísimo más grandes que un problema inflacionario o un gobierno que no le gusta a una porción más grande o menos grande.

Hace un año volví a leer que el fin de Roma fue culpa de la inflación. Ningún historiador respaldaría ese dato. Principalmente porque el Imperio de Occidente sobrevivió otros dos siglos a su (¿tercera?) crisis inflacionaria. Y segundo porque ya nadie serio habla de caída, sino de transformación. Pero los mitos quedan y las realidades se olvidan. El imperio Español tuvo tres crisis hiperinflacionarias. Tres. En menos de una década. Sobrevivió otros tres siglos y medio, antes de que llegara la Primera República.

Desde que se descubrió América y el planeta pasó a ser lo que conocemos ahora, la humanidad ha vivido 16 crisis económicas de igual o mayor magnitud que el crack bursátil de 1929. 16 en cuatro siglos, 14 recesiones globales en 150 años. A todas se sobrevivió, a veces bien, otras muy mal, pero siempre se salió. La prueba es que acá estamos. Solo en el siglo XX ocurrieron 39 crisis hiperinflacionarias en el planeta. Hablo del siglo XX porque para qué remontarme a la crisis inflacionaria de la dinastía Yuán en el siglo XIII.

Nos encanta pensar que cada crisis nos afecta solo a nosotros, como cuando en la Gran Depresión nos cargamos al Presidente. Eso nos lleva a creer que somos los únicos que tenemos problemas. Luego tenemos a los oficialistas con sus videos de todas partes del mundo que citan a Milei como el faro a seguir y nadie se detiene a preguntarse lo básico: si son nuestro modelo a seguir ¿por qué quieren ser como nosotros?

El mayor problema, quizá, sea la finitud de nuestras vidas. Ahí entro yo, también. Hace unos días, no más, leí a una joven volcar su inquietud generacional en su cuenta de Xuitter. Allí dijo que la generación que la precedió tuvo otras inquietudes, pero que la de ella se dedicó al goce de las salidas porque crecieron con una certeza inmodificable que tomaron con humor: que no importa lo que hagan, no podrían tener la vida que sus padres tuvieron a su misma edad. Entonces: a viajar o a salir a tomar algo con los amigos, para lo que rinda el dinero. Ahí es donde se da el problema magno que sufren ahora: no hay chances de salir de joda como antes para distraerse de la realidad de mierda y entonces la realidad de mierda se amplifica.

Y es algo que la une con mi generación, también. Solo que la mía, todavía, tiene un porcentaje con la posibilidad de heredar, si es que sus padres no se dedicaron a poblar las pampas. Teniendo en cuenta la suerte que me ha caracterizado, adivinen cuál es mi caso.

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¿Lijo? ¿En serio? Tardaron en darse cuenta de por qué Oyarbide no les atiende el teléfono, ¿verdad?

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Hubo un tiempo en el que, para estar inserto en la sociedad, no hacía falta un teléfono celular, ni conexión a internet, ni televisión por cable. Ni televisión, a secas. De entrada, existe un costo de pertenencia que antes no había y eso ya coloca un escalón más. Forma parte de la evolución de las sociedades, también. Hoy no hay chances de hacer trámites sin una conexión a Internet. Algo que otras generaciones no pagaron, nosotros sí debemos hacerlo. Como para que lo tengan en cuenta los más veteranos antes de emprender la queja hacia las quejas de los más jóvenes.

Sí, nuestros padres se criaron sin acondicionadores de aire, pero hoy me lo sacás y te prendo fuego el Río de la Plata. Si vamos a cuestiones de ahorro frente a cosas que no necesitaban nuestros ancestros, mis abuelos tenían un refrigerador a gas y los suyos a barras de hielo. Hay gente que se crió en la década de 1950 sin energía eléctrica y no están traumados. Tampoco pagaban 168 impuestos de forma diferida, ni debían costear con impuestos el 50% de cada cosa que quisieran comprar.

Creo que he relatado una decena de veces que la envidia que le tengo a la Generación X se centra en un solo factor: el acceso al crédito. Un breve lapso de nuestra historia en el que las personas que querían comprar una vivienda o un vehículo, se acercaban a un banco y obtenían un crédito blando. Cómo se pagaba eso, ya iba en cada trabajador. Algunos tenían más holgura y podían vacacionar de todos modos, o salir todos los fines de semana, y otros usaban pitucones en los sacos y no por moda.

Mientras nuestros bisabuelos, abuelos y padres llevaban esas vidas plagadas de anécdotas que nos son relatadas en comilonas familiares, el país atravesaba golpes de Estado, dictaduras, enfrentamientos entre facciones del ejército en la calle, boombardeos de la Fuerza Aérea, proscripciones de partidos políticos, líderes opositores encanados, exiliados, fusilados o desaparecidos, atentados nacionales, atentados internacionales y al menos una veintena de crisis económicas, todas calificadas en su momento de “terminal”.

Este país es un caldero de oportunidades. No existe otro lugar del planeta que haya hecho todo lo que hicimos y aún pueda darse el lujo de tener una bandera que flamea. Lo mismo aplica para nosotros, eternas aves fénix que nos cansamos de empezar de cero. Porque todavía podemos arrancar de cero.

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¿Lijo? ¿Massa no estaba disponible?

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La ausencia de mérito es un mandato divino. El que se esfuerza debe ser repelido para no hacer quedar mal al resto. Pero es bueno remarcar para colaborar a zanjar la discusión sobre si un pueblo tiene el gobierno que se merece o no. O como se plantea de forma actualizada: si los gobiernos bananeros son producto de esta sociedad de mierda o esta sociedad de mierda fue creada por las políticas bananeras.

Hacer una fila para cualquier cosa es prepararse para el colado, para el apurado, para el rengo que entró al trote. Pararse en una esquina y levantar la vista es encontrar un centenar de infracciones a alguna norma básica de convivencia.

Y ahora entramos en una nueva etapa en la que el mérito ya no importa tanto como la fama. El kirchnerismo decía no creer en la meritocracia. El macrismo machacaba con el mérito. Ahora entramos en la era en la que dos personas, carentes de cualquier antecedente para la función a desempeñar, pueden tener finales disímiles: una es obligada a renunciar al darse a conocer que no tiene idea; la otra es la encargada de comunicarlo.

Y así vamos derechito a un nuevo paradigma de la comunicación que es difícil de desandar: nadie puede criticarte si ninguna persona logra comprender qué estás haciendo. ¿Cómo vamos a comprar eso de que estamos ante la última oportunidad? ¿Cuál sería el resultado de una última oportunidad fallida? ¿Disolvemos el país, nos vamos para otros lados y si nos cruzamos por las calles hacemos que no nos vimos?

Hay demasiada atención a lo que pasa en las redes sociales. Y los que viven en las redes sociales tienden a creer que el mundo se ve así. Lo digo por experiencia propia. Creo, y sin temor a equivocarme, que el grueso de la gente solo pretende que se arregle la economía. Varía cómo canalizan eso. En el medio, los que no tienen problemas reales, aprovechan para sus batallas personales: revanchismo histórico, reivindicación de masculinidades pretéritas, venganza de bullying infantil, resarcimiento por desprecios laborales, etcétera.

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Manden a Cris a la Corte y meten cupo femenino.-

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Entre tantas cosas que caracterizan al Gen Argentino hay uno que no falla: economía mata cualquier cosa. En Estados Unidos dirán hasta el hartazgo que “es la economía, estúpido”, pero acá lo llevamos al extremo décadas antes de que los demócratas ganasen las presidenciales de 1992.

Esta semana se cumplió un nuevo aniversario del atentado a la Embajada de Israel. Ocurrió en el mismo primer mandato del mismo presidente que salió reelecto luego de una reforma constitucional llevada a cabo tras un segundo atentado internacional y la nunca esclarecida muerte de su primogénito.

Esta Argentina que nos rompe la espalda lo hace porque ni una institución funciona como debería. Y a nadie le importa, por razones obvias: necesito comer, necesito consumir, necesito un techo, necesito no tener que pensar en dónde voy a vivir el mes que viene. Necesito estabilidad económica y planificación patrimonial. ¿A quién le va a importar Lijo, Cúneo, Gachi, Pachi y el otro salame que nominaron a la Corte y no lo juna ni la madre?

Si me hablan de “última oportunidad” como sinónimo de un país en serio, les cuento que el capitalismo no reconoce moral ni institucionalidad, funciona en todas partes y no le importa qué tipo de gobierno se adopte. Ni siquiera se fija en cuestiones tan exquisitas como los derechos humanos fundamentales. Ahora, si la última oportunidad se refería sólo a lo económico, podemos respirar tranquilos: este país siempre sobrevive a su propio apocalipsis.

Siempre hay nuevas oportunidades, excepto cuando ya estás dentro del cajón. ¿Alguien se imaginaba, hace tan solo un año, este cambio de paradigmas frente a un 24 de marzo? ¿Quién veía a Alberto Fernández Presidente un año antes de que ocurriera? ¿Y a Milei?

Hay personas que mirán atónitos y callan porque «es la última oportunidad». Hay otros que se quejan de cómo se le pega a Milei sin darnos cuenta que estamos ante «la última oportunidad». Imaginemos si ante cada burrada o nombramiento de amigos de amigos de amigos se hubiera mantenido silencio.

El presidente nada en nuevas oportunidades todos los días. Cada vez que amanece tiene una nueva oportunidad de firmar el decreto que declara a Hamas como organización terrorista. A cada rato y de forma constante tiene una nueva oportunidad de interiorizarse en el currículum vitae de cada funcionario que le proponen. En este preciso instante, y sin importar a qué hora esté usted leyendo este texto, en Olivos tienen la posibilidad de repasar el funcionamiento de un área del gobierno en la que se pretende hacer algo o designar a alguien.

Y me dicen que sólo queda una última oportunidad. Pst.

Nicolás Lucca

 

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Un comentario

  1. «Ahora, si la última oportunidad se refería sólo a lo económico, podemos respirar tranquilos». Es otra forma de expresar el consenso generalizado: «Este país se salva con una buena cosecha». Pero parece que la cosa pasa por otro lado. Si en cincuenta años pasamos de 3/4 % de pobres a más del 50 muestra que el problema ya es cultural. Y que probablemente nos impida emular el ejemplo de Japón o Alemania. Esas sociedades tenían el deseo de reconstruirse. No estoy viendo lo mismo en la nuestra.

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