Usted está aquí

Usted está aquí

Confieso que he sobreestimado los tiempos que me tocan. No estos, puntualmente, sino todos los que viví desde mi infancia hasta ahora. Tanta historia aprendida, tanto libro leído y nunca asimilé que la historia es la política del pasado y la política es la historia del futuro. No es falta de comprensión de textos, es leer la historia en blanco y negro, lejana, de otros tiempos, como series de ficción.

Y eso que Todorov me había advertido que “no por mucho conocer de historia se puede saber qué hacer”. La historia nunca se repite. Es imposible que todos los factores –personas, situaciones, escenarios– sean los mismos. Pero al menos sirve para entender lo efímero de todo y lo cíclico que es el conflicto y las crisis de las civilizaciones. Lo único que puede predecir la historia es que ninguna civilización es eterna.

De haber sido educado en ese principio y no en la pajereada del Fin de la Historia de Fukuyama, hoy estaría en otra frecuencia. Pero aquí ando, en el fino arte de sufrir porque creímos que diez años de estabilidad económica y política global en 300 mil años de historia del Homo Sapiens, habían llegado para quedarse. Y para siempre.

Convengamos que en términos de 300 milenios, una década es menos que un pestañazo. Con el paso de los años, uno se hace adulto y comienza a preguntarse cómo es que nuestros padres o abuelos se tomaron determinadas situaciones. O sea: en septiembre de 2001 yo creí que el mundo se acababa. Ver en directo por televisión cómo un avión atraviesa una de las Torres Gemelas fue demasiado para un early millennial. Menos de tres meses después lo que se derrumbaba era mi país.

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Vuelvo sobre estos puntos que me obsesionan porque percibo el extravío de un mapa. Del mío y del de mucha gente a la que conozco. Hoy no quiero apuntar a los colegas con oficialitis porque bastante tienen con las sesiones de kinesiología para destrabar la mandíbula. Bueno, un poco y seguimos.

¿Todas las semanas la misma entrevista? ¿Registran la recesión? ¿No ven los bares, esos en los que se sientan a diario, a medio llenar o vacíos? ¿Se imaginan cómo están los que no tenían para un café hace un año? ¿Creen que hablar del tema es voltear a un gobierno o saben que nunca más ligan una entrevista?

Listo, continuamos.

Perder un mapa puede ser un problema menor si el cielo está despejado y se prestó atención en clases. Se sabe dónde está el norte, se sabe dónde queremos ir, pero no tenemos idea de qué nos depara el camino. No hay mapa. Sabemos lo que deseamos y cómo lo queremos, pero no tenemos idea de si esta ruta que tomamos nos depositará en el destino deseado.

No tiene banquinas, no hay luces, está llena de baches, solo un carril por mano, sin ningún guardrail. Sabemos de que no hay chances de que todos los vehículos puedan llegar a destino porque no todos comenzaron con el vehículo indicado ni en las condiciones necesarias. Algunos tendrán que hacer el camino a pie y esos son los que peor están, porque podrán llegar pero, aunque se trate del destino indicado, habrán arribado tarde.

Eventualmente, creemos que todo saldrá bien. Es obvio que deseamos que, al menos a nosotros, no nos tape el barro. El tema es que muchos están llenos de certezas. El resto, estamos llenos de dudas. Porque nadie tiene la bola de cristal.

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Para enero de 2002 sentía que nada volvería a ser lo que era y yo me veía en una de Mad Max. Un fin de semana fui a visitar a mis abuelos maternos. Por alguna de esas casualidades, también se encontraba de visita mi tía abuela, hermana de mi abuelo. Pensé que se habían enloquecido. O, tal vez, estaban sin luz desde noviembre y no registraron las noticias. Estaban de buen humor, me charlaban de trivialidades y yo, al borde del colapso nervioso, cómo hacían, o por qué no les importaba lo que estaba pasando.

“¿Y quién dijo que no nos importa lo que está pasando?”, contestó mi abuelo. No recuerdo si agregó un “pelotudo” sobre el final o me lo dijo con la mirada. Mi abuela estalló en risa. Mi tía me miraba de costado levantando una ceja. La izquierda. Genética.

Allí vino una larga explicación de bombardeos, golpes de Estado a granel, guerras mundiales, guerras frías, conflictos con armas nucleares, grupos guerrilleros, guerras dentro del Ejército, terrorismo de Estado, exilios forzados, atentados nacionales, debacles económicas brutales, atentados internacionales, bombardeos a civiles… Y cuando hoy me pongo a repasar las cosas que vivieron sus propios padres y abuelos, no puedo siquiera imaginarme el contexto de una reunión así con historias de las guerras europeas de la segunda mitad del siglo XIX y las hambrunas épicas.

¿Cómo habrá sido criar hijos en medio de una guerra? ¿Qué se habrá sentido dejar el pueblo que te vio nacer y cruzar el Atlántico para nunca más volver? ¿Y partir al exilio porque a otro se le antojó que tu vida no valía la pena? ¿Cómo sobrevivieron nuestros abuelos y padres a crisis terminales?

Cierta vez les compartí unas palabras que me dijo Arturo Pérez-Reverte cuando le realicé una entrevista que la Revista Noticias no quiso publicar por falta de espacio, pero que terminó en Internet. Hoy vuelvo a recordarla porque nos describe a varios:

«Nuestros abuelos, la generación que precedió a la mía y todavía parte de la mía, tenía también la certeza de que el mundo es un lugar peligroso, hostil y donde las cosas son caducas, donde se muere con facilidad, donde el ser humano es un hijo de puta depredador. Pero eso lo hemos olvidado, porque somos tan estúpidos… Educamos a nuestros hijos diciendo “el Titanic es insumergible”. El Titanic tiene siempre un iceberg delante. Siempre lo hay. Pero les hemos hecho creer que el Titanic nunca se hunde. Estamos creando generaciones ajenas a la realidad, incapaces de comprender. Entonces, cuando viene el golpe, cuando viene la dictadura de Videla, cuando viene la bomba del montonero, cuando viene la guerra civil española, cuando viene el tsunami, cuando viene la guerra de Aleppo, cuando viene el meteorito, la gente dice “no puede ser”. Claro que puede ser, idiota: son las reglas, solamente que lo habíamos olvidado».

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Hablar de largo plazo en términos históricos es una cuestión de deseos. Pero como nosotros, seres humanos que no comprendemos que llegar a viejo hace un siglo consistía en arañar los 40 años, soñamos con tener alguna garantía para nuestro futuro.

Las políticas a largo plazo no se plasman en un garabato de alumno aburrido que es presentado como una teoría de Einstein. Ni siquiera con la lógica de amigo-enemigo. Han existido líderes globales que se odiaron toda una vida y firmaron tratados que levantaron naciones. No hace falta ser un opa dialoguista para acordar. Tampoco se definen políticas en el acuerdo de una veintena de personas, mortales y con cargos efímeros. Las políticas a largo plazo salen de leyes. Y esto lo debería tener bien en claro el gobierno incluso por cuestiones egoístas: para evitar que mañana venga otro a hacer todo al revés por decreto. Dicen que van en ese camino, el de la legalidad, y que deben llegar como puedan a las elecciones de medio término para poder ampliar la base de legisladores.

En ese camino, el mesianismo de la teoría de la revelación no tiene nada que ver. ¿Qué velo quiere correr el presidente si todos vivimos en el país en el que tener el teléfono de la persona indicada es un superpoder? ¿A quiénes quiere dejar expuestos si todos sabemos que casi –casi– ningún político puede llevar su estilo de vida sólo con sus ingresos, y así y todo se los acepta? ¿No le quieren preguntar a Scioli cómo hizo para conservar una fortuna que destrozó antes de entrar en política?

Hay analistas que todavía repiten que los picos de 50 puntos de Milei en su apertura de la Asamblea Legislativa significan apoyo. No lo minimizo ni a palos, un buen porcentaje puede ir en ese sentido. ¿Cuántos lo vimos con cierta cuota de nerviosismo para ver si prendía fuego todo o no? ¿Cuántos lo hicimos a la espera de que “la sorpresa prometida” no fuera la disolución de la Confederación de las Provincias Unidas?

No hay absolutos. “Desde que Milei asumió” es un latiguillo utilizado para enumerar logros económicos de Milei, como que se evitó la hiperinflación, bajó el dólar –blue–, subieron los bonos argentinos y las reservas del Central mientras que cayó el riesgo país. También se utiliza para decir que no tocó el impuesto PAÍS, ni las retenciones a las economías regionales, ni el impuesto a los combustibles. De hecho, los precios de las estaciones de servicio subieron 86% durante su gestión y en enorme medida gracias a que también aumentó el componente tributario de cada litro de combustible. Cuatro veces. En tres meses.

Y por si fuera poco, están con todos los cañones apuntados a que retorne el impuesto a las Ganancias para los trabajadores que perciben 1.2 millones de pesos.

El otro día, en su discurso, el Presidente cometió el error garrafal de comentar que los 1.800 dólares del salario promedio de la década del 90 equivalen a 3 mil dólares de hoy. Claro, actualizó la inflación en dólares. Y digo que fue un error porque no se puede hacer otra cosa que comparar el resto de los factores. El impuesto a las ganancias en 1997 tenía un piso de 2.5 mil pesos/dólares. Son 4.800 dólares de este 2024. O sea, si hubiéramos conservado los parámetros de aquellos años, el impuesto a las ganancias comenzaría a aplicarse a salarios de 4.8 millones de pesos. ¿Alguien cobra eso en blanco? ¿Sin ser funcionario?

El salario mínimo sube, en este mes de marzo, a unos 200 dólares, lo mismo que se pagó a lo largo de toda la convertibilidad. Pero esos 200 dólares de hace 30 años hoy equivalen a más de 400 en poder adquisitivo. Cobramos la mitad.

Más vergüenza debería darles a aquellos que dicen que la jubilación mínima de hoy es superior a la de la década de los 90 porque en marzo pasará a ser de 200 dólares frente a los 150 verdes de la era de Norma Plá. Pero esos 150 hoy son 330 dólares. ¿No se dan cuenta del riesgo de las comparaciones, les chupa un huevo o no prestaron atención en matemática y la historia la aprendieron viendo las fotos en Disney con buzos fluorescentes y peinados batidos?

Tuvimos un encarecimiento del 40% en dólares, en promedio. Un paquete de fideos marca argentina cuesta más caro que un fideo italiano en Italia. ¿Cuánto aumentó? 100% en dólares. ¿Cómo repercute en el día a día? No creo que haga falta aclararlo, si es que usted, querido lector, vive en la Argentina. Pero para dimensionarlo: en los bolsones más pobres del conurbano, los alimentos subieron 70%. Y lo ingresos cayeron. ¿Ya dije cuánto es el salario mínimo de la Argentina? Bueno, en Europa ronda los 1.300 dólares.

Me resulta interesante marcar estas cosas porque está claro que es el resultado de un largo desajuste en todas las variables. Cosas que hemos marcado en este sitio, donde me cansé de decir que no es normal un país en el que las casas se pagan al contado y los alimentos y ropas en cuotas. Y hace más de una década ya dije en varias ocasiones que, si se le quitaba el subsidio a todo, nos daríamos cuenta que nunca dejamos de ser pobres.

Y también sabíamos, sabía, que cualquier lugar del Estado que se tocara, haría explotar una bolsa de pus.

Ahora, lo que no entiendo bien es qué se hace con todo esto. Porque, hasta ahora, con cada descubrimiento de un nuevo curro, se hace la comparación de cuántos chicos podrían haberse alimentado. ¿Giran ese dinero a esos chicos que habría que alimentar? No.

Se argumenta que los fondos quitados a los bonaerenses fueron entregados de forma dudosa y tras quitárselos a la Ciudad de Buenos Aires. ¿Se los devolvieron a la Ciudad de Buenos Aires? Ni en pedo.

Y así todo. Estamos como en una suerte de Robin Hood pero con una falla que le impide llegar a completar el acto de Justicia. Quitarle a alguien lo que no le corresponde implica devolverlo a su dueño. ¿No? ¿No era así?

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Fui criado con una cantidad de mandatos notoria, como casi todos ustedes. En mi caso el mandato consistió en estudiar abogacía, dedicarme al ejercicio matriculado, hacer plata y demás sueños de ítalo-argentinos anclados en el deseo del hijo perfecto. Fui rompiendo todos de a uno y otros los cumplí sin darme cuenta que lo hacía de todos modos a pesar de creerme un rebelde.

Pero hubo otros mandatos no impuestos que aún hacen mella. Los mandatos del inconsciente colectivo. Y cuando yo era adolescente, el inconsciente colectivo de realización indicaba que a los 30 años tenías que tener medianamente encaminada tu vida. Para los 40 años, la deuda hipotecaria ya estaba saldada, el auto en la puerta se cambiaba todos los años, y comenzabas a apuntar tus sueños a una casita en la costa para algún día.

Es muy difícil mantener la estabilidad emocional cuando se tienen 42 años y no sé ni dónde mierda voy a vivir en unos meses. Hay personas que sienten que el vértigo de la competencia es dopamina. Ahí tienen su droga, en el conflicto permanente, en la lucha constante por la superioridad darwiniana. Y hay muchos otros que ponen sus energías en cosas distintas, que hallan su dopamina en el disfrute de sus afectos, en el cultivo de la intelectualidad, en el estudio constante, en aprender idiomas, o instrumentos musicales, en frecuentar museos, en jugar al fútbol con amigos, en ir a la cancha todos los fines de semana, en salir a bailar toda la vida, en organizar su próxima aventura, en formar una familia, en ser libre y recorrer el mundo.

¿Cómo es que todos estos sujetos podían coexistir en la década del 90 sin caerse del sistema? Porque muchos argentinos se fueron al tacho, sí, pero no fueron todos ni, mucho menos, la inmensa mayoría de los compatriotas que no saben qué carajo es un Bopreal. Muchos podrán decir que se tenía otra base, una clase marginal con otras herramientas. Dudo mucho que haya sido así, pero vamos a dar por sentado que sí. Es entonces cuando me pregunto si todos los que piden paciencia tienen las mismas herramientas que la piba que se para en Disco los sábados y domingos para juntar fideos para que sus hermanos menores puedan comer durante la semana. Fideos más caros que en Italia, en un país que dice alimentar a 400 millones de habitantes a nivel global.

Entiendo y recontra comprendo las cuestiones de tiempos, el dolor de las correcciones macroeconómicas y toda la bola. No es mi primera crisis. Lo que me pregunto es si, superado el riesgo hiperinflacionario y con la economía argentina estabilizada –según celebra el propio presidente y todo su círculo– la ruta debe seguirse de esta forma.

El presidente dice tener la certeza que sí. Y es todo un tema. Como católico educado, puedo comprender que la duda es la carencia de fe, un pecado grave durante mucho tiempo. En Hebreos 11:1, las escrituras dicen que «la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». Je. Pero el Presidente es un hombre de ciencias económicas que hoy se presenta y es presentado como eminencia global, como faro mundial y salvación del mundo libre. No hay nada más ajeno a la sabiduría que la fe plena. De hecho, que “la duda es el principio de la sabiduría” es una frase de Aristóteles, ese que fue recontra estudiado y actualizado para la Iglesia por un tal Tomás de Aquino.

Pero como yo solo tengo dudas, mejor no opino más.

Nicolás Lucca

 

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2 respuestas

  1. Análisis desgarrador, que pinta un panorama desolador. Aunque me gustaría remarcar que el precio de los alimentos es similar en todo el mundo ya que es un commodity y se fija internacionalmente. Lamentablemente en Argentina había un problema muy grave que era el de los precios relativos (en vías de sincerarse) y el otro gran problema que no sé si va a tener solución (al menos en el mediano plazo) que es el de los ingresos. Los salarios son el gran problema, ya que se gana muy poco. No soy un especialista en este tema pero creo que las causas son la rigidez del sistema laboral, la inequidad entre ser empleado en relación de dependencia y trabajador independiente, los planes sociales repartidos en forma indiscriminada y con duración indefinida, la carencia de una buena infraestructura de transporte, servicios públicos deficientes, sumado a una inflación permanente en los últimos 20 años, políticas públicas que no incentivan la inversión, entre otras.

  2. El párrafo que comienza «¿Todas las semanas la misma entrevista? …» me hizo reír mucho. («oficialitis»)

    Y «No hay nada más ajeno a la sabiduría que la fe plena.» es el adecuado límite que todo creyente debiera tener junto a su «amuleto de fe».

    Te sigo leyendo.